sábado, 10 de abril de 2010

Op Oloop


Fotografía de Ansel Adams

El amor, igual que la sangre, constituye un carácter biológico permanente. Cada ser pertenece a un tipo preestablecido de amor; apto por lo pronto para verterse en sujetos afines y para verterse en seres disímiles conforme a postulados psicológicos in tergiversables. La transfusión del amor se efectúa de manera más o menos parecida a la de la sangre. Lo mismo que ésta determina cuatro tipos hemóticos en la especie humana, el amor agrupa al individuo en cuatro categorías eróticas: pongamos A,B,C,D. El amante tipo A es siempre tipo A, o siempre del tipo C o del D. Lo curioso es que el problema de la transfusión del amor no ha sido abordado todavía. Social y eugenésicamente sería útil. Cuando la simpatía está en camino de cristalizar en amor, los enamorados deberían concurrir a un psiquiatra especializado-al amorisconsulto- que dictaminara el acierto de la elección, a través de las tendencias de sus respectivas libidos. Existen almas dispares, astutas en el juego de disimular esa disparidad. Existen temperamentos que aglutinan o disuelven los sentires ajenos. La conjunción perfecta en el amor es obra de un estudio que, la mayoría de las veces escapa a los novios. La inyección sanguínea no se realiza cuando la sangre de uno y otro no opera el milagro asimilatorio. ¿Por qué, entonces, no reglar las inyecciones del espíritu? Al grupo A, formado por "receptores universales", puede llamársele gráficamente el "grupo egoísta". Las personas de ese tipo son aptas para recibir el amor de todo el mundo; pero no lo pueden transfundir más que a personas de su categoría.....
Pág. 78
Párrafo extraido del libro Op Oloop, de Juan Filloy