domingo, 25 de abril de 2010

La librería

El hombre entró en la librería y nada más hacerlo se sintió envuelto por el ambiente de los libros. Desde siempre le habían fascinado y no entendía su vida sin ellos; ante los volúmenes apilados en las estanterías, sobre las mesas, en los atriles, comenzó a perder la noción de la realidad para quedar preso de emoción por la lectura. Despacio, tomándose su tiempo, fue no sólo hojeando, sino que parecía que los acariciaba, libros de poesía, ensayos, obras ilustradas de arte y todos aquellos que llamaban especialmente su atención.

No sabía cuanto tiempo estuvo enfrascado en su búsqueda, pero finalmente adquirió cinco o seis ejemplares y se encaminó a la cafetería, tomó asiento y mientras degustaba un café, revisó uno por uno sus recién adquiridos tesoros realizando todo un verdadero rito, les despojaba de su envoltorio, deslizaba las páginas con suavidad entre sus dedos produciendo un casi imperceptible murmullo, los acercaba a la cara y parecía embriagarse oliendo su aroma.

Una vez terminado el proceso, guardo cuidadosamente los libros y echándose hacia atrás en su silla se quedo relajado. Le dio por pensar en las diferentes personas que visitaban la librería, amantes como él de la lectura, con sensaciones y acaso sentimientos similares a los de él; le vino a la mente su buscada desconocida y se imagino que tal vez estuviera allí mismo, y si no, que a lo mejor en otro momento haría las mismas cosas que él terminaba de hacer. Con estos pensamientos, se dedicó a observar a las personas que estaban en ese momento, primero en el café y luego, camino de la salida, a cuantas con él se cruzaban. Era tan fuerte su deseo que una vez fuera ya de la librería se quedó en la calle casi una hora esperando ver aparecer a la persona que, aún sin saber como era, estaba seguro que la reconocería al instante. Ya era de noche cuando decidió retirarse.

Nunca supo que unos días después, una mujer que sentía igual pasión por la lectura, que llevaba también mucho tiempo sintiéndose partida en dos y que por ello, no cejaba en la busca de la mitad que echaba en falta, tuvo los mismos pensamientos y permaneció atenta a todos los que entraban durante horas esperando reconocer al que nunca había visto.