viernes, 5 de marzo de 2010

Escrito a lápiz


Medité sobre el orgullo y sobre el amor. Todas esas vacilaciones, ¿cuándo me veré libre de ellas? Y después abrigué el propósito, sin duda loable, de describir sobre rosas y sobre flautas. Además se abrió paso en mí la necesidad de expulsar, valga la expresión, mi opinión sobre el bolchevismo del almacén de mi mente. ¿Expulsar? Vaya, vaya, con qué energía hablo.
Conviene no olvidar que hoy me he tropezado en la calle con una mujer cuyo aspecto me ha hecho anhelar que me ofreciera la oportunidad de llevarla en palmitas. Volveré sobre este asunto de llevar en palmitas a las mujeres en cuanto haya abandonado un poco las demás eliminaciones o formulaciones. El aroma de las rosas me rodea. Y qué cautivador es. Si no me equivoco, Carl Maria von Weber compuso un poema bailable titulado La rosa. Lo vi en su día interpretado por el bailarín Nijinski, que exhibía unas piernas auténticamente renacentista. Las flautas aparecen tanto en Jean Paul como Federico el Grande. Este último tiene un nombre con excesivas reminiscencias a humo de pólvora, a espuelas y a botas de montar.
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Siempre le encantaron la poesía, la filosofía y la pintura francesas.
Personalidades como D’Alembert, Watteau, Voltaire, etc., se yerguen con rasgos poderosos o delicados en el horizonte de este ensayo. Disfruto a través los personajes del placer de lo procedente del pasado. Los sones de la flauta y el aroma de las rosas deberían armonizar a la perfección. El escenario correspondiente sería un parque. ¿Quién no preferiría vivir en una casa situada en medio de un enorme y recoleto jardín? Existe un fragmento de novela del poeta lírico Brentano que alude a la flor y que he tenido la ocasión de mencionar varias veces.
Leí tiempo atrás el citado poema en prosa en la revista Die Insel, editada en su día en Munich. Islas y rosas, el asunto mejora poco a poco y se torna más elegante. Schröder, Heymel, Bierbaum son personalidades que a uno se le ocurren automáticamente al hablar de palacios repletos de finísimas porcelanas y paseos en bote a lo largo de riberas de ensueño. Las rosas sientan exquisitamente bien sobre los senos de las mujeres.
¿No nos recuerda en el acto esa planta la hermosura y alegrías de la existencia?

Párrafo extraido del libro Escrito a lápiz II, de Robert Walser