miércoles, 10 de marzo de 2010

El camino de la vida

A aquellas alturas del viaje necesitaba tomarse un descanso, y por ello se sentó sobre una piedra al lado del camino. Dejó en el suelo el ajado macuto de piel que le acompañaba siempre y decidió que tenía que buscar refugio en algún lugar tranquilo y silencioso, a poder ser solitario, donde poder pasar unos días alejado de las vicisitudes de la marcha. Acercándose al primer pueblo, casi aldea, que encontró, preguntó por un sitio donde poder alojarse, y la fortuna le sonrió ya que un viejo aldeano accedió a dejarle una antigua cabaña de pastores, a poco más de media hora de buen caminar, que si bien su aspecto exterior era ruinoso, en su interior podría disfrutar de ciertas comodidades mínimas.


Por lo tanto, se instaló en ella nuestro viajero y, tras barrer someramente el polvo con un desvencijado escobón, revisar los cuatro muebles, calzando debidamente la enorme mesa de madera maciza que ocupaba el centro de la sala y echar una mirada al único dormitorio para comprobar que la cama tenía un mullido colchón de lana y unas ropas que si bien viejas, eran utilizables, se dispuso a encender la chimenea, cuyo tiro pudo comprobar que funcionaba a la perfección. Una vez acomodado se descalzó y, sentándose en un decrépito pero confortable sillón, se puso a pensar.


Ya era mucho el camino recorrido, en su transcurso había transitado por todo tipo de vías, cuidados caminos al inicio, carreteras de diferentes calidades y que discurrían entre variados paisajes, verdaderas autopistas con todo lujo de servicios para el usuario, recoletas veredas… y todas ellas salpicadas de numerosas bifurcaciones y desvíos. Lo mismo había ocurrido con los compañeros de viaje, constituían una enorme variedad de tipos y los lazos creados entre el hombre y ellos habían pasado por todas las realidades imaginables. Muchos se habían ido quedando en distintos sitios, otros tomaron caminos diferentes, con algunos volvería a coincidir pero ya no era, lo mismo, o bien ellos o él mismo había cambiado totalmente y lo que antaño fue común entre ambos, ahora costaba trabajo reconocerse uno y otro.


Ahora estaba cansado, se sentía desplazado del resto de los otros caminantes; es más, los sueños que durante las últimas jornadas le hacían compañía, que le impulsaban a continuar esperando no sabía muy bien qué, ya no le servían. Necesitaba soledad, soledad elegida libremente, una pausa para tomar decisiones, para ver en definitiva si volvería al camino, si daría la vuelta o si permanecería definitivamente en el refugio que acababa de encontrar.