jueves, 4 de marzo de 2010

Cannery Row


La palabra es un símbolo y una delicia que absorbe a hombres y paisajes, árboles, plantas, fábricas y pekineses.
Luego la Cosa se convierte en la Palabra y luego de nuevo en la Cosa, pero transformada en una urdimbre fantástica. La Palabra absorbe Cannery Row, lo digiere y lo vomita, y la barriada ha adquirido el brillo de las praderas verdes y los mares que reflejan el cielo. Lee Chong es más que un tendero chino. Debe serlo. Quizá lo equilibra el mal y lo sostiene el bien: un planeta asiático al que mantiene en su órbita la atracción de Lao Tsé la fuerza centrífuga del ábaco y la caja registradora. Lee Chong suspendido, girando, dando vueltas entre alimentos y fantasmas. Un hombre duro con una lata de judías…Un hombre suave con los huesos de su abuelo. Porque Lee Chong cavó en la tierra del cementerio chino y encontró los huesos amarillos, la calavera con restos de pelo gris adheridos a ella. Y Lee empaquetó cuidadosamente los huesos, los fémures y las rectas tibias, poniendo la calavera en el medio, con la pelvis y la clavícula alrededor y las costillas curvándose hacia un lado.
Luego Lee Chong envió a su quebradizo y empaquetado abuelo a través del Océano Pacífico para que yaciera finalmente en tierra santificada por sus antepasados.
Mack y los muchachos también giran en sus órbitas.
Son las Virtudes, las Gracias, las Bellezas de la descascarillada locura vertiginosa de Monterrey y del Monterrey cósmico, donde los hombres asustados y hambrientos destrozan sus estómagos en la lucha por asegurarse algo de comida, donde los hombres hambrientos de amor destrozan todo lo que hay de amable en ellos mismos.

Párrafo extraído del libro Cannery Row, de John Steinbeck