lunes, 8 de febrero de 2010

Paseo nocturno

Tomados del brazo nos internamos por el barrio de la Rivera mientras comenzábamos a hablar. Carme, ese era su nombre, me dijo que había nacido en Barcelona y allí había vivido hasta los doce años en que su familia se trasladó a Roma por motivos profesionales de su padre. En Italia permaneció cuatro años, realizó sus estudios y le quedó un gusto especial por el arte y la historia. De regreso a Barcelona, se matriculó en Filosofía y participó activamente en los movimientos estudiantiles contra el régimen franquista de los años setenta.

Absorto en lo que me estaba contando Carme, cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en la Plaça de Santa María, donde nos detuvimos para admirar el exterior de la iglesia; comenté que siempre que la visito, lo que suele hacer en casi todas mis estancias en la ciudad, me impresiona más que la vez anterior. Me gusta imaginar como sería este barrio en el siglo XIV y que sentirían las gentes de la época ante la visión del magnífico e impresionante templo. Continuamos andando, ahora por el carrer de Sombrerers hasta que alcanzamos el de Montcada, otro de mis lugares favoritos.

Paseando por esta calle y deleitándonos con los edificios casi palaciegos de la época, seguimos hablando. Me contó que una vez terminada la carrera su vida había dado un giro total; se enamoró locamente de un hombre de negocios que correspondía a su amor con otro si cabe mayor. Se casaron tras poco más de un año de relaciones, tuvieron tres hijos en los primeros cuatro años de matrimonio y ella se volcó en la familia. Cuando los niños fueron creciendo empezó a acompañar a su esposo en la activa vida social que requerían sus empresas. Mantenían una posición más que holgada, se relacionaban con las capas más altas de la sociedad catalana, como pareja todo funcionaba perfectamente, no faltaban manifestaciones cariñosas entre ellos, en la cama todo marchaba bien y a su alrededor todo era tranquilidad y buen ambiente.

Callamos unos instantes mientras nos deteníamos ante un portón semiabierto para observar lo poco que se apreciaba de un bello patio interior; sonreímos y comentamos el encanto de ese recoleto recinto. Y seguimos con las confidencias. En esa vida ordenada había ido transcurriendo el tiempo y con el paso de los años se había convertido en una señora seria, educada y que no se abría ante nadie; de ahí la primera impresión que me causó de ser una persona distante. Ahora los hijos habían crecido y hacían su vida, el esposo estaba más dedicado que nunca a sus negocios y ella empezaba a sentir la soledad, la soledad a pesar de estar rodeada de gente que la adulaba, decía quererla y estaban pendientes de su vida. Por eso, aprovechando esa noche, ante un desconocido como yo, quiso abrir su coraza y mostrar los sentimientos que la agobiaban.

Entonces me tocó a mi el turno y, sin ser consciente de ello, la fui contando mi vida, mis viajes, mi situación familiar, mis deseos y sueños y así, no se cómo surgió, empecé a hablarla de la particular búsqueda de mi desconocida. Acordamos que por aquella noche ella sería la persona que llevaba toda mi vida soñando. Decidimos entonces no hablar más, simplemente sentirnos acompañados uno del otro, notar nuestro calor, percibir cada uno la presencia del otro, su compañía, e iniciar un sueño juntos. La noche acabó con un suave beso, apenas un roce de labios, y un abrazo que se nos antojó interminable. Nos despedimos para siempre y fuimos cada uno por un lado.

Pasarían años, tres o cuatro, hasta que en un congreso, celebrado en Salamanca, nos encontramos de nuevo cara a cara. Y empezó otra historia, mejor dicho, continuó la que no debería haber terminado.