martes, 23 de febrero de 2010

El banco del "Tío Manuel"



Le gustaba sentarse en el único banco que quedaba a las afueras del pueblo, allí pasaba la mañana absorto en la contemplación de los campos que en un pasado ya bastante lejano había trabajado de sol a sol. Fijaba la mirada en el horizonte y se dejaba acariciar por el fresco aire del inicio del día, olía el aroma casi imperceptible del trigo, y recordaba con una especial emoción aquellos otros olores de la trilla en la cercana era, el esmero con que repasaba el trillo para comprobar las piedrecillas cortantes, las palmadas dada a los bueyes para animarles a arrastrarlo sobre la parva extendida. Y luego, el proceso de aventar para separar la paja y el grano, aprovechando el momento en que soplaba el serranillo que aliviaba el calor.


Era su vida, no tenía la menor duda; a pesar de haber ido quedándose sólo, de ir perdiendo a los suyos, padres, hermanos, y por supuesto la mayor desgracia, a Tía María, su mujer. Habían pasado toda la vida juntos, desde que él era un zagal y ella no llegaba a los trece años; tuvieron cinco hijos y llegaron casi a las bodas de oro, faltaban apenas unos meses cuando ella murió.


A partir de ese momento, con sus ya setenta y muchos años, la vida daría un vuelco para él. Sus hijos, que hacia años que habían dejado el pueblo, le plantearon que no podía seguir viviendo allí sólo, así que decidieron que tendría que ir a vivir con ellos a la ciudad. Se pusieron de acuerdo en que estaría temporadas con cada uno de ellos, y fue pasando el tiempo, siempre con la maleta dispuesta para el cambio del hijo de turno. No era feliz, sentía que molestaba a pesar de que siempre le trataron bien, casi con un exceso de mimos, y sobre todo, echaba de menos su pueblo, su casa, su vida.


Un día tomo la decisión, reunió a todos y sin darles ocasión a protestar les comunicó que se volvía a su casa. Dicho y hecho, ese mismo día regresó y se dio la circunstancia de que una prima hermana suya, de una edad similar, acababa de discutir con sus hijos por el mimo motivo, ella se negó en redondo a abandonar el pueblo, así que acordaron que se ayudarían mutuamente en las necesidades cotidianas, y cuando no fuera posible, contratarían a alguien que cuidara de ambos.


Y desde ese banco todos y cada uno de los días contemplaba los paisajes de su vida.