sábado, 20 de febrero de 2010

Amanecer


Los primeros rayos de sol le dieron directamente sobre la cara y le despertaron; aún tardó unos minutos en abrir del todo los ojos, pero en cuanto lo hizo saltó de la cama y se fue derecho a la ducha.


Vistiéndose todavía, llegó a la cocina, puso la cafetera bien cargada y se preparó unas tostadas con el pan sobrante de hacía dos días que frotó con un tomate maduro y añadió unos buenos chorros de aceite de oliva y sal. Se sirvió una gran jarra de café y, con ella en una mano y comiendo el último pedazo de pan con la otra, se acercó al equipo de música que encendió y puso a buen volumen. La voz jadeante, sofocada, sin aliento y cargada de pasión de Nina Simone llenó todo el espacio.


Mientras escuchaba la maravillosa Feeling Good, salió al porche de la casa y, sentándose en una vieja butaca en bastante mal estado, rodeo la jarra del café para calentarse las manos y contempló el paisaje. La edificación, poco más de una pequeña cabaña, estaba situada en lo alto de un cerro que descendía hasta la cercana playa. Le gustaba la vista desde allí, ver el estado de la marea al iniciar el día, la fusión de los azules en la lejanía del horizonte, el oscuro de las aguas y la claridad de hoy de un cielo sin nubes y con enorme luminosidad.


La canción había terminado y ahora eran las notas del piano de Oscar Peterson, las que le abrazaban con su genial interpretación de You Look Good To Me. Cerró los ojos y se dejo acariciar por la música, la brisa de la mañana y los olores de la hierba mojada. Cuando disfrutaba de estos momentos tomaba conciencia del giro que había dado a su vida y que nadie había podido entender. Cerró un capítulo de éxitos, tanto profesionales como económicos, abandonó familia, conocidos y todo aquello que hasta ese momento constituía su modo de vida y se fue con lo mínimo.


Y a partir de entonces, en la pequeña casa, eligiendo la soledad voluntariamente, empezó realmente a vivir. Podía ser él mismo, sin estar sujeto a convencionalismos de ningún tipo, teniendo tiempo para leer, para escribir, para dar paseos sin itinerarios previstos, para poder hablar con cualquier persona, no importaba su estatus, su formación, su nivel, sencillamente saborear la comunicación con personas corrientes sin buscar nada a cambio, sin ningún interés por medio. Le encantaba no tener que estar pendiente del reloj, que la mujer de la tienda le contará las noticias diarias de la pequeña comunidad; comentar con el de la venta donde compraba el periódico todas las mañanas (era algo a lo que no había renunciado) la información que traía, matizada por su original punto de vista. Saludarse con todo el que se cruzaba en los estrechos caminos que recorría a menudo, pasear descalzo por la playa aunque hiciera frío, oír el chillido de las gaviotas… en fin, vivir.


Se levantó de la butaca y, entrando un momento en la casa, volvió al porche y ahora se sentó arrimado a la mesa y abriendo una ajada agenda de tapas negras de hule, desenroscó la capucha de la estilográfica y comenzó a escribir:


“Querida desconocida:

Una nueva mañana está empezando, me siento bien, hoy me he levantado pensando en ti…”