miércoles, 6 de enero de 2010

Ronda nocturna



...He notado que en las noches blancas todas las desgracias de la vida parecen aplacarse, no se manifiestan, se esconden, no se las ve, y la paz se cierne sobre la gente y la naturaleza toda...Cuando hay noche blanca, gasta es raro que llueva, que se levante viento o que aparezcan ciclones. ¡Y eso que ya sabes cómo es el tiempo aquí en Píter!
O...el silencio, tal vez el fenómeno más sabio que existe. Por aquella época, yo estaba algo interesaso en Dios...Me había enamorado de una monjita...y el silencio aquel me producía todo tipo de pensamientos.
Una vez me dio la impresión de que si aguantaba la respiración podía escuchar cómo se elevaban al cielo las oraciones de ciertas personas, en concreto las de aquellas que habían sido privadas de toda esperanza de conseguir justicia y caridad en este mundo debido a las limitaciones de su conciencia.
Cuando una débil ola golpaba a los pedruscos de la costa, yo creía escuchar, en el rumor del reflujo, las oraciones de mi difunta abuela, que solía pasar horas postrada sobre una alfombrilla frente al icono, balbuceando letanías entre sus húmedos labios.
Cuántas veces no intenté descrifar las palabras del rezo..., pero jamás logré entender más allá de los "Oh señor, ten piedad de mí..." Solía burlarme de ella diciéndole que no conseguiría nada porque sus ruegos eran incomprensibles. Pero ella me hacía un guiño, y señalándome con un dedo tieso me aseguraba: "Dios todo lo oye...todo"
Ronda nocturna, de Mijail Kuráyev