domingo, 3 de enero de 2010

Mis amigos


Me gusta pasear por la orilla del Sena. Los diques, las dársenas, las esclusas me hacen soñar en algún puerto lejano en el que me gustaría vivir. Veo, en mi imaginación, muchachas y marineros bailando, pequeñas banderas, barcos inmóviles con los mástiles sin velas.
Estos sueños no duran mucho.
Los muelles de París me son demasiado familiares: sólo se parecen durante un instante a las brumosas ciudades de mis sueños.
Una tarde de marzo, me paseaba por los muelles.
Eran las cinco. El viento me levantaba el abrigo como si fuera una falda y me obligaba a cogerme el sombrero. De cuando en cuando, las ventanas acristaladas de un bateau-mouche pasaban sobre el agua, más rápido que la corriente. La corteza mojada de los árboles brillaba. Se veía, sin necesidad de girar la cabeza, la torre de la estación de Lyon, con sus relojes ya iluminados. Cuando el viento cesaba, el aire olía a arroyo seco.
La chimenea de los remolques caía hacia atrás antes de llegar a los puentes. Cables tendidos unían gabarras habitadas en el centro del río. Una larga tabla iba desde una chalana hasta tierra.
El obrero, que pasaba por encima, rebotaba a cada paso, como si caminara sobre un somier.
No tenía intención de matarme, pero inspirar compasión a menudo me gusta. En cuanto un paseante se aproximaba, ocultaba el rostro entre las manos y aspiraba por la nariz como cuando uno ha llorado. La gente, mientras se alejaba, volvía la cabeza.
La semana anterior, en un arrebato de fingida sinceridad, faltó poco para que me arrojase al agua.
Mis amigos, de Emmanuel Bove