viernes, 1 de enero de 2010

Diarios 1984-1989



1 de enero

A las siete y media los enfermos del hospital ya están en las habitaciones con las luces apagadas, esperando el sueño narcótico que unas veces llega y otra se resiste.
Los enfermeros me saludan con un amable Happy New Year que se me antoja repugnante, como una broma de extremo mal gusto: ¿qué podría ser happy en este lugar, para mí y para L.? Al lado de su cama, la veo plácidamente dormida, pero esta calma, esta paz que irradia, ya no es el sosiego de la vida, sino una realidad ajena que se perfila entre la vida y la muerte. Hoy no ha tomado más que una cuarta parte de su comida. A veces bebe, todavía es capaz de tragar.

Año Nuevo. Nuestros días tocan a su fín. A ella le quedan tal vez unas semanas, pero no serán ya de vida, sino de esta existencia apagada, inconsciente. Para mí este año significa el final, por más que logre sobrevivir a él. No me siento con fuerzas para morir ni para seguir viviendo. En esta existencia apagada, todo lo que me ha sido dado a lo largo de los años se me antoja absurdo, casi grotesco.

Diarios 1984-1989, de Sándor Márai