domingo, 17 de enero de 2010

Diario



Esto es en effet solo la influencia de su mente sobre la mía.

¡La misteriosa manera en que encaja nuestra relación! Y todo lo que me impone me produce una satisfacción tan profunda que termina por resultarme natural. Es parte de esa intuición de que él y yo, diferentes más allá de cualquier diferencia imaginable, formamos sin embargo un todo orgánico. Somos, como dije ayer, las dos caras de la moneda, separados, inconfundibles pero formando una unidad. No creo necesitar a otro para completar mi identidad, pero sin embargo al tenerlo, poseo algo que sin él me faltaría. De hecho somos, además, referencia crítica mutua, en la medida en que él me ve y yo me veo reflejada mejor de lo que aparento, pero no mejor de lo que SOY, y creo que a él le ocurre lo mismo. Es decir que al estar juntos es, además, un acto de fe de nosotros mismos.



Acabo de salir al jardín. El cielo está estrellado y la temperatura es suave. Las hojas de las palmeras son como plumas decaídas; la hierba parece suave, irreal, como musgo. Se oía el mar y sonaba una campanilla, y uno se preguntaba si era real o imaginario. Llegaban muchos sonidos; en las casas se oían los preparativos de la noche. Alguien trae comida del patio oscuro plagado de manchas

¿Ocurre siempre que cuando se mira una estrella las demás bailan, parpadean, cambian de sitio, parecen jugar adrede un juego para desconcertar al que mira?

Es extraño que a veces crea que las estrellas no son en absoluto solemnes: que son secretamente alegres. Es lo que he sentido esta noche. Me senté en una silla de mimbre y me apoyé en la pared. Pensé en el hombre que vivía en la casa en la que estaba apoyada- al alcance- al alcance de su voz. Recordé que hubo un tiempo en que este pensamiento me distraía. Podía ser distracción dulce pero ¡ahí estaba! Me quitaba energía para trabajar…Yo, por decirlo de algún modo, hacía de él mi relato. Pero eso es cosa del pasado…Son momentos superados.


Diario, de Katherine Mansfield