lunes, 18 de enero de 2010

Aprender a sentir


Sucedió hace un tiempo, recuerdo que pasé mal invierno, así que un día decidí hacer las maletas e iniciar un viaje, salí sin rumbo fijo, desconocía cuanto tiempo estaría fuera de mi ciudad.
Fui conduciendo durante kilómetros y kilómetros, solo paraba cuando mi atención captaba algún lugar hermoso o bien si acaso sentía el estómago vacío.

Al cabo de unos días llegué a un lugar que pese no haber visto jamás, sí había imaginado. Detuve el coche, busqué alojamiento. No habían hoteles, pero sí una casa a las afueras, entre mar y montaña.
No dudé en quedarme, tuve muy claro que mi estancia allí sería prolongada, así que pagué por adelantado el alquiler de bastantes meses.

A medida que transcurrían los días la apatía iba desapareciendo dejando paso a un sosiego y calma hasta el momento desconocido para mí.
Desapareció el nudo que habitaba en mi estómago permanentemente, empecé a dormir mucho mejor, y a sonreír sin que hubiera ningún motivo especial para ello.

Durante ese tiempo aprendí a sentir, algo que tenía bastante olvidado, me dejé acariciar por la brisa, pensé en el roce de tu piel con la mía. Y me propuse ser egoísta durante esos momentos, que no quise compartirlos con nadie

Imaginé que me acariciabas y al pensar en tus caricias la respiración se agitaba y la piel respiraba.
Y así pasé mucho tiempo, atrapando sentimientos, caricias y besos. Atrapando minutos, abandonada libremente hasta que tú llegaste y me abrazaste