martes, 5 de enero de 2010

Amor de perdición


Al anochecer hallándose solo, Simón se puso a escribir una larga carta, de la cual entresacamos los siguientes párrafos:

Te considero para mí perdida. Puede ser que yo no alcance a ver el nuevo sol. Todo a mi alrededor toma un aspecto fúnebre. Me parece que el frío de la sepultura ha empezado a penetrar en mi sangre y en mis huesos.

No puedo ser lo que tú querías que fuese. Mi pasión no se conforma con la desgracia. Eras mi vida entera. Creía tener la seguridad de que los sucesos no me privarían de ti. Sólo el temor de perderte, me mata. Lo que me queda del pasado es el valor de ir a buscar una muerte digna de ti y de mí. Si tú tienes fuerzas para una agonía lenta, yo no puedo resistirla.

Podría vivir con una pasión desgraciada; pero este rencor sin venganza es un infierno. Me perderás, Teresa; pero no quedará ahí un infame que te persiga después de mi muerte. Tengo celos de todos tus instantes. Tú te acordarás con ternura de tu esposo en el cielo, y nunca apartarás de mí los ojos de tu alma, para ver a tu lado al miserable que mató la realidad de tantas bellas esperanzas.

Esta carta la leerás sólo cuando yo ya esté en otro mundo mejor, esperando las oraciones de tus lágrimas. ¡Las oraciones! ¡Me admira este rayo de fe que ilumina en mis tinieblas…! Tú me has dado con el amor la religión, Teresa mía. Aún creo; no se apaga la luz que es tuya; pero la Providencia divina me ha desamparado.

Acuérdate de mí. Vive para explicar al mundo, con tu lealtad a una sombra, la razón por la que me trajiste a un abismo. Escucharás entonces, orgullosa, la voz del mundo, diciendo que eras digna de mí.

A la hora en que leas esta carta…

No le dejaron continuar las lagrimas ni, poco después, la presencia de Mariana…

Amor de perdición, de Camilo Castelo Branco