domingo, 20 de diciembre de 2009

La velocidad de las cosas



Postal número 350

Estimado amigo: sabrás perdonarme, espero, el suave sacrilegio de esta postal que no es una postal. Esta postal es una foto y, al mismo tiempo, una refutación de tu idea de las fotos. La posibilidad de un nuevo comienzo para lo queda de tu vida y un digno final para lo que queda de la mía.
Esta foto no miente. Esta foto es verdadera y en realidad, las vidas, a diferencia de las muertes, no tienen un punto de partida claro y quizás las muertes tampoco lo tengan. Ricardito Pamoini Rothschild se refirió a ello en una de sus últimas audiciones. Rechacemos entonces el supuesto rigor de las partidas de nacimientos y la tiranía caprichosa de los cumpleaños. Adiós a todo aquello. En la foto, como verás, estamos todos. Tu padre, tu madre, un servidor y un cochecito de bebé. No recuerdo quién sacó la foto, pero sí recuerdo el día a la perfección. Hacía ya una semana que te había salvado de morir ahogado y tus padres insistían en llevarme a todos lados, en tenerme cerca quizá pensando en que yo los protegía con la eficiencia de uno de esos benefactores hechiceros de la corte. Recuerdo que tu madre reía por cualquier cosa, pero que era una risa verdadera y necesaria, y yo nunca me cansaba de oírla porque en su sonido residía la música, mentirosa o no, de un futuro mejor. Recuerdo que se oía esa canción cuyo nombre no podías recordar y que reencontraste en un cine y que sí “el cielo de verano…sus corderos blancos…”. Recuerdo que tu padre no dejaba de arrojar pelotas de golf con golpes precisos desde el acantilado que terminaba en un océano azul. Recuerdo que me sonrió con el alivio de quien se dispone a confesar algo
Inconfensable y, a modo de introducción, me preguntó si “¿Hay algo más poético y desesperadamente elegante que Jerjes, hijo de Darío, mandando azotar el mar que se había tragado sus barcos?”. Después, tu padre me contó la historia de la muerte de tu pequeño hermano y lloró en mis brazos y tu madre lloró también y los tres lloramos por la magnitud de nuestros crímenes y la pequeñez de nuestras existencias y, ahora, no puedo evitar el recuerdo de ciertos versos de cierto poeta (¿Valéry?¿”Le Cimetière Marin”?): “Le mer, la mer, toujours recomencé”. Y también, ya que estamos, me perdonarás este súbito arranque de manía referencial, el grito regocijado de Jenofante en la Anábasis, quien, luego de padecer la crueldad de las montañas, llega a las playas negras del mar Euxino y grita la felicidad de “el mar, el mar…Thalassa, Thalassa”.
Te cuento todo esto para que entiendas que siempre se llega a alguna parte por más oscura que nos parezca la travesía.
Te cuento todo esto con letra más pequeña de lo habitual pero en una “postal” más grande que de costumbre para proponerte, sin ánimo de resultar impertinente o inoportuno, la idea de que perdones a tus padres.
Perdonar es humano; los dioses nunca tuvieron ni tendrán necesidad alguna de pedir perdón pero también es cierto que un acto tan sencillo nos acerca a la idea de que lo divino es justo, perfecto y, de algún modo, fácil de alcanzar. Entonces, ¿por qué no hacerlo? Lo bueno de perdonar a los muertos es que no hace falta pedirles perdón porque, de algún extraño modo, los muertos saben que los hemos perdonado y siempre se las arreglan para hacérnoslo saber con una señal tan sutil como evidente. Me pasó a mí ayer mismo, Ricardito Pampini Rothchild me perdonó y…Nieva en Santorini y me pregunto si esto es señal de renovados finales, o de últimos principios. Por momentos tengo la certeza de que si alguien se molestara en convertirnos a todos nosotros en personajes de una ficción, nuestra historia estaría mucho más cercana a una comedia manquée que a la tragedia. No se si esto me hace feliz, no estoy seguro que sea lo más apropiado.
Hoy sentí que el mundo temblaba bajo mis pies como un perro viejo y cansado de ladrar sus protestas a tantas pulgas que subieron a bordo sin jamás pedir permiso o pagar pasaje. Pero ya no queda casi espacio, siento que tal vez todo esto suene demasiado parecido a los desvaríos de un anciano y cómo poner por escrito a un fantasma. Pronto será tiempo de ouzo y sol y frutillas grandes como puños y cerezas de sangre y Bach para piano suspendido en el aire de tardes tempranas y no sé por qué pienso todo el tiempo en M. P. arrastrando su sombra asmática hasta uno de las mejores mesas del Ritz para así poder dejar una propina del doscientos por ciento a cambio de que lo dejen mirar, mirar en paz, para después volver a su habitación tapizada con planchas de corcho y ponerlo todo por escrito y hasta la próxima postal enviada desde el país de los hoteles, amigo mío.


La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán