sábado, 19 de diciembre de 2009

Frías flores de marzo



Cautelosamente la esposa regresa junto a su esposo. Él duerme aún . Ella se siente a la vez sosegada e invadida por un gran cansancio, como si acabara de levantar una roca.
De este modo espera la aurora. Y la aurora llega. El muchacho se agita, las ventanas de su nariz perciben el soplo de la mañana.
La muchacha siente deseos de decirle: duerme un poco más, ahora ya perteneces a otro tiempo. Pero no pude..
Él pronuncia las palabras habituales: Hasta mañana. No te preocupes, querida.
Desciende del lecho y vuelve la cabeza de un lado para otro:
¿Dónde está mi envoltura?
La esposa no le responde.
¿Dónde me lo has escondido? No me gastes bromas.
Inquieto, da vueltas en torno. Registra todos los rincones de la estancia. Levanta los cobertores.
No tengo tiempo. Devuélveme mi envoltura.
No puedo, responde ella.
Él continúa buscándola como un poseso. Ten piedad, murmura una y otra vez.
La muchacha intenta fingir que se enfada. (De modo que no quieres quedarte conmigo, tienes prisa por marchar)Pero en lugar de irritación, lo que siente es miedo.
Quédate, le dice con voz quebrada. Ten valor. Quédate en este lado.
No puedo. No tengo forma...No tengo derecho.
Su voz se debilita. Jadea hondamente entre cada palabra.
Te lo suplico, devuélveme mi envoltura.
No puedo. La he quemado.
Qué me has hecho, clama él. Pero su grito llega ya desde la distancia. Has acabado conmigo con tus propias manos.
Lo he hecho por ti. Por los dos.
Me has matado...
Éste es su último aliento.
Se desvanece delante mismo de sus ojos, como el vaho en un espejo. Luego desaparece por completo. Para siempre

Párrafo extraido de:
Frias flores de marzo, de Ismail Kadaré