sábado, 26 de diciembre de 2009

El dragón rojo



























Crawford le entregó el bolso a la enfermera de turno.
Sabía que era prácticamente imposible que Lecter consiguiera lo que necesitaba, pero no quería correr riesgo alguno con él
Logró que un médico interno hiciera una revisión fluroscópica de la carta en la sala de rayos.
Crawford cortó el sobre por los cuatro costados con un cortaplumas y revisó la superficie interior y la de la carta en busca de alguna mancha o polvillo.
En el Chesapeake Hospital probablemente utilizaban lejía para limpiar y había, además una farmacia.
Cuando quedó satisfecho con la inspección procedió a leerla.


Querido Will:
Aquí estamos, usted y yo, padeciendo en nuestros respectivos hospitales.
Usted con su dolor y yo sin mis libros...el inteligente doctor Chilton se encargó de ellos.
¿No le parece, Will, que vivimos en una época primitiva? Ni salvaje ni erudita. 
Y su maldición son las medias tintas. En cualquier sociedad racional me matarían o me devolverían los libros.
Le deseo una rápida convalecencia y espero que no quede muy feo.
Pienso a menudo en usted.

HANNIBAL LECTER
El dragón rojo, de Thomas Harris