martes, 29 de diciembre de 2009

Adiós, hasta mañana



Cuando sueño con Lincoln siempre está como estaba cuando yo era pequeño. O mejor dicho, así sale en mi sueño, con una geografía alterada que es mitad verdadera y mitad creada por mi mente dormida. Pongamos la casa de ladrillo rojo donde vivían la señorita Lena Moose y la señorita Lucy Sheffield.
Probablemente se construyera durante el gobierno del general Ulises S. Grant, con artesonados oscuros y cortinas tupidas que no dejaran pasar la luz. Pero cuando yo sueño con ella tiene unas proporciones tan gratas a la vista y unas habitaciones tan luminosas, acogedoras y llenas de personalidad que me planteo renunciar a mi vida actual para mudarme a esa casa, porque sólo así seré feliz.
O sueño que estoy de pie ante una casa de la calle Octava, una enorme casa blanca con un ventanal en la esquina y molduras y cenefas. Me he parado en la acera al caer en la cuenta de que mi madre está dentro de la casa. Si llamo al timbre, saldrá y me dirá que entre. O me abrirá la puerta otra persona. Y yo recorreré la casa hasta dar con ella. Pero ¿qué hace ahí, si no es nuestra casa? Ni siquiera se parece a la nuestra .
Es de en torno a 1890 y la nuestra es mucho más antigua y, además, está en la calle Noventa. Para resolver el acertijo dejo vagar mi mente por la calle Octava, empezando por la esquina donde los tranvías giran para ir al centro, pero antes de llegar a la casa de mi sueño me doy cuenta de que no existe una casa semejante, y me despierto de golpe.


Adiós, hasta mañana, de Willian Maxwell