sábado, 7 de noviembre de 2009

Yo, Claudio









Mi querido Augusto:
La sorpresa que recibiste detrás de ese cortinaje no fue mayor que la que
experimentamos en una ocasión, cuando el embajador de la India sacó la tela de seda que cubría la jaula dorada que nos enviaba su amo el rey y vimos por primera vez un loro, con sus plumas color esmeralda y su collar color rubí, y le oímos decir: “¡Ave, César, Padre de la Patria!”. No fue tanto por lo notable de la frase, porque cualquier chiquillo puede decir lo mismo, pero nos asombró que un pájaro hablase. Y nadie sino un tonto alabaría a un loro por su ingenio demostrado al pronunciar las palabras adecuadas, porque el ave no conocía el significado de ninguna de ellas. El mérito le corresponde al hombre que adiestró al pájaro, con increíble paciencia, para repetir la frase, porque, como sabes, en otras ocasiones se lo adiestra para que diga otras cosas, y en las conversaciones generales dice las tonterías más enormes y tenemos que mantener la jaula cubierta para obligarlo a callar. Lo mismo sucede con Claudio, si bien es muy poco elogioso para el loro, un ave innegablemente hermosa, comparar a mi nieto con él.
Lo que has escuchado es sin duda alguna un discurso que se había aprendido de
memoria. A fin de cuentas “Las conquistas romanas en Germania” es un tema evidente, y es muy posible que Atenodoro le haya hecho aprender media docena o más de modelos de declamación del mismo tipo. Fíjate que no quiero decir que no me sienta encantada de que sea tan dócil para la instrucción, me agrada sobremanera. Quiere decir, por ejemplo, que podremos enseñarle todos los detalles de la ceremonia de su matrimonio. Pero tu sugerencia acerca de que cene con nosotros es ridícula. Me niego a comer en la misma habitación que ese individuo: me daría una indigestión.
En cuanto al testimonio en favor de su robustez mental, analízalo. De niño, Germánico juró ante su padre moribundo que protegería y amaría a su hermano menor: ya conoces la nobleza de alma de Germánico, y sabes que antes de traicionar ese sagrado juramento preferiría presentar cualquier argumento en favor de la inteligencia de su hermano, en la esperanza de que algún día esa inteligencia mejore. Resulta igualmente claro por qué Atenodoro y Sulpicio fingen considerarlo mejorable: se les paga muy bien para que lo mejoren, y sus puestos les proporcionan una excusa para rondar por palacio y para darse aires de consejeros privados. En cuanto a Póstumo, hace unos meses que vengo quejándome, ¿no es cierto?, de que no puedo entenderlo. Considero que la muerte ha sido perversa al llevarse a sus dos valiosos hermanos y dejarnos sólo a él. Se complace en provocar discusiones con sus mayores cuando tal discusión no es necesaria, cuando los hechos son claros, nada más que para exasperarnos y demostrarnos su propia
importancia como tu único nieto sobreviviente. Su defensa de la inteligencia de Claudio es una prueba que viene al caso. El otro día se mostró realmente insolente conmigo cuando le dije que Sulpicio perdía su tiempo enseñando al joven. En rigor llegó a decir que, en su opinión, Claudio tenía más penetración que la mayoría de sus parientes inmediatos, ¡entre los cuales, sin duda, me incluía a mí! Pero Póstumo es otro problema.
Por el momento la cuestión se refiere a Claudio, y repito que no puedo aceptar que cene en mi compañía, por razones físicas, que espero sabrás apreciar.
LIVIA


Yo, Claudio, de Robert Graves

Gracias Cape