jueves, 26 de noviembre de 2009

Tiempos felices, frágil mundo



Cuidadosamente pegado en una página había un artículo del Times de la fecha en que murió Faulkner y donde se reproducía por completo su pomposo discurso de aceptación del premio Nobel. Maureen había subrayado su último y grandilocuente párrafo: “La voz del poeta no debe ser solo la historia del hombre; puede ser también uno de los sostenes de los pilares que lo ayuden a perdurar a triunfar”
Durante la noche dejé varias veces de leer a Maureen para leer a Faulkner: “Creo que el hombre no se limitará a perdurar: triunfará. Es inmortal, no solo porque es el único ser que posee una voz inagotable, sino porque tiene alma, un espíritu capaz de compadecerse, de sacrificarse, de resistirse” Leí el discurso del Nobel de principio a fin y pensé: “¿Y de qué demonios estás hablando? ¿Cómo pudiste escribir El ruido y la furia, como pudiste escribir El villorrio, como pudiste escribir sobre Temple Drake y Popeye y ahora escribir esto?”
Tiempos felices, frágil mundo, de Robert Menasse