martes, 24 de noviembre de 2009

Manola


Seguí luego acicalándome por lo que pudiera pasar con Inés Romero. Barruntaba que algunas partes de mí iban a recordar viejos tiempos. Estando en esas me empecé a carcajear imaginando al doctor Pajillas contando en el confesionario sus cuitas al párroco. ¡Vaya par de pájaros a punto de extinguirse! Lo mejor del sacerdocio debía ser el sacramento de la confesión. ¡La de cosas que debían saber algunos curas! Siempre y cuando se toparan con individuos como el psiquiatra; con gente como yo, estaban apañados. Recuerdo que, de pequeño, todos los niños del colegio hicimos la primera comunión, para lo que debimos confesarnos. Aquella vez nos fuimos contando los pecados los unos a los otros, presumiendo de ellos como de una lagartija capturada, deslumbrados por la novedad y nerviosos por la experiencia de largar intimidades a un extraño. Nunca supimos, aunque años más tarde llegamos a sospecharlo, qué había hecho Emilio Pujol para, a la tierna edad de siete años, ser penalizado con el triple de rezos que el resto. Su desproporcionada sanción y su tribulación al abandonar el confesionario nos intimidó tanto que acabó con la exhibición de pecados. Después, cada cierto tiempo, alguien insistía en la conveniencia de dejar a cero el saldo de maldades –supongo que aleccionado por el embrutecimiento que los dulces infantes fuimos desarrollando a marchas forzadas-. Sólo recuerdo haberlo hecho dos o tres veces. Siempre en el mismo sitio y ante el mismo cura: un tipo cuyo mal aspecto sólo era empeorado por su fétido aliento. Tras la salutación de rigor le soltaba de carrerilla: “digo mentiras, peleo a menudo, insulto a los compañeros, hago la puñeta en casa y he cometido muchos otros pecados”. La coletilla era, obviamente, un resumen de todas las actividades a que se refiere el sexto mandamiento. Pese a lo ingenioso del recurso mi interlocutor lo captaba de inmediato. El cura, monumento viviente a la piorrea, abría la boca dejando escapar una pestilencia capaz de pelar un baobab en menos que rezaba un padre nuestro, y me recomendaba, con tono monocorde, que dijera siempre la verdad; que fuera pacífico; que no insultara a nadie; que facilitara la existencia de mis amantísimos papás; y que no cometiera los otros pecados, porque la mayoría de ellos eran muy malos y ofendían a Díos, eufemismo para amenazar con un ciclópeo cabreo divino que tostaría mi alma en los infiernos por los siglos de los siglos. Mi redentor me preguntaba entonces si tenía propósito de enmienda y, con cierto apuro, acumulaba mi primera mentira para la próxima confesión diciendo que sí. El tipo me condenaba a dos o tres padrenuestros y alguna que otra avemaría que, por si las moscas, me apresuraba a cumplir, y me largaba como propulsado por el diablo, respirando con la boca abierta como un pez para burlar el mareo que la fragancia del apóstol me había producido...


Manola, de Supermicio