miércoles, 25 de noviembre de 2009

La huella de las palabras









Gijón, 10 de noviembre de 1998
Querido amigo:
Tres años han transcurrido desde que fue concebida la idea de este libro y ya es hora de ponerle punto final .Te decía en el prólogo que éste es un libro vivo, que ha crecido madurado y tomado forma conforme iba desarrollándose la obra del autor que es objeto de su reflexión. Así, mientras La huella de unas palabras se construía, Antonio Muñoz Molina escribía una nueva novela, Plenilunio, en la que las dos grandes vertientes de su narrativa (las que representan Beltenebros y El jinete polaco) se ha sintetizado en un relato memorable. Y yo mismo tampoco he permanecido inactivo y he publicado a mi vez otras dos novelas. Ha sido sin duda un tiempo de aprendizaje y de reflexión, parte de la cual se refleja en las páginas de este libro, que ha sido escrito sin prisa, fruto de la decantación de la memoria. La memoria de mi lectura de las obras de Muñoz Molina.
Quizá ahora estas páginas hayan entrado a formar parte también de tu memoria y el curso del río de la literatura discurra por tierras y paisajes emocionales que sólo a ti te pertenecen, pero que de alguna manera no son ajenos a los que aquí has visitado. Al menos, eso espero.
Por ello te escribo estas líneas de despedida, con la complicidad de tantos placeres compartidos en las páginas de otros y en nombre de esa memoria común que da título a la segunda parte de este libro.
Decía Marco Polo, en el libro de Italo Calvino Las ciudades invisibles, que las “ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedo, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra”. De igual manera están construidas las ciudades de las memorias, esos espacios de conciencia común que nos unen a unos y otros mediante hilos invisibles. Y no es extraño porque las ciudades mismas son memorias hecha piedra, vidrio, madera, hormigón, hierro o asfalto. Memoria materializada.
No sé qué avenida es la que conduce desde una noche de mi infancia en que soñaba con el mundo del sexo en un barrio de París, la primera vez que salí de España. En mi recuerdo hay un libro de H. G. Welles (La guerra de los mundos) que mi padre me leía cada noche, y los poemas amorosos de Paul Éluard. Hay fascinación y miedo, deseo y curiosidad, ignorancia y asombro. Y todos esos elementos transcurren por la ciudad de la memoria, combinándose, dando forma a otra cosa, a un extraño espejo que me dice quien soy y cuáles son mis sentimientos. Con esta materia, aluvión de lecturas, vivencias y emociones, relato de otros relatos, se construye la literatura. La mía. La de Antonio Muñoz Molina. La de cualquier escritor.
Muchas veces, en la memoria ajena hallamos el inesperado eco de la nuestra, como en una ciudad desconocida descubrimos rincones que nos resultan familiares. Así, cuando recorrí por primera vez no hace mucho las deslumbrantes calles de Buenos Aires, entre la presencia primordial y exuberante de sus árboles gigantescos, me topé con barrios que parecían sacados del Horta barcelonés o del madrileño barrio de Salamanca. Así, cada vez que he leído una obra de Antonio Muñoz Molina he sentido que, de alguna manera, su voz, sus emociones, eran también las mías.
Muchas veces, un escritor pone nombre a la ciudad de su memoria-levantada con fantasmas, fragmentos, reflejos de verdaderas ciudades de piedra y yeso-y así nacen villas como la Mágina de Beatus Ille, El jinete polaco, Los misterios de Madrid y Plenilunio, aunque en este último caso no se pronuncie su nombre. Otras veces, la ciudad de la memoria toma el nombre de ciudades reales, de las que se impregna y a las que de alguna manera, transforma, pues para el lector ya no es posible mirar Madrid o San Sebastian con los mismo ojos después de haber leído El dueño del secreto, El invierno en Lisboa o Ardor guerrero.
Hay ciudades a las que se regresa con devoción, como se vuelve a un grato recuerdo o a uno de esos dolores que nos han dado forma.
Hay ciudades que uno ama antes de conocer, como la Lisboa evocada por Muñoz Molina, porque de ellas emana el aroma de los relatos que las han hecho memorables. Y hay ciudades que a nuestros ojos encarnan el misterio solo con nombrarlas, como le sucedía a Raymond Rousell con la ciudad de Tombuctú.
Pero las ciudades de la memoria también pueden ser un laberinto, y con ellas reina muchas veces la soberana soledad multitudinaria de las grandes urbes. Yo he sentido muchas veces el extravío y la angustia, que son los vientos que asolan la memoria, y me he perdido más de una vez en su Dédalo de sombras, como probablemente te habrá pasado a ti, porque al fin de cuentas tú y yo somos iguales, lector. Hermanos, como dijo el poeta. Y, como tú sé que es el hilo del relato el que me ha permitido salir adelante. Ojalá que el que se ha tratado de desovillar en este libro a dos voces te sea útil.
Hasta pronto, un abrazo de

José Manuel Fajardo


La huella de unas palabras, de José Manuel Fajardo