martes, 13 de octubre de 2009

Tiberio



Mi querido Sejano:
No hay nadie, como bien sabes, por quien yo sienta más afecto y en quien tenga mayor confianza, que tú. Lo he demostrado una y otra vez. Si fuéramos todos personas privadas no dudaría en mi respuesta.
Pero, aunque las decisiones de hombres así se puedan basar en sus propios intereses y afectos, los gobernadores están en situación diferente, por el hecho de que en asuntos de importancia, están obligados a consultar a la opinión pública. Por eso no puedo recurrir a una respuesta fácil, y decirte simplemente que Julia Livila puede decidir por sí misma si quiere casarse de nuevo o no ( y por supuesto si lo quiere no podría encontrar una persona más digna que tú). No diré ni siquiera que tiene una noble madre, Antonia, que es, más apropiadamente, su consejera en asuntos de naturaleza íntima, de lo que lo pueda ser yo. No, voy a ser más franco contigo, como tú lo mereces.
En primer lugar, la animosidad de Agripina (por suavizar la descripción de sus sentimientos) se acentuará si Julia Livila, que es ( no necesito recordártelo) su cuñada, se uniera a ti en matrimonio. Esto dividiría a la familia imperial en dos ( como sabes, detesto la expresión “familia imperial”, por considerarla incompatible con nuestra herencia republicana, pero no obstante los hechos son hechos y éste es uno de ellos, por desagradable que resulte). Aún ahora es imposible reprimir la rivalidad entre esas dos mujeres, y mis nietos están atormentados entre una y otra. ¿Cuáles serían las consecuencias si el matrimonio que propones empeorara este enfrentamiento?.
En segundo lugar, estás equivocado, querido muchacho, si crees que Julia Livila, después de haber estado casada con Cayo César y después con mi amado Druso, se contentaría con irse haciendo vieja como la esposa de un mero caballero, o que tú pudieras retener ese rango. Aunque yo lo permitiera, ¿crees que lo tolerarían aquellos que han visto a su hermano y a su padre, y a nuestros antepasados, ocupando los grandes cargos del estado? Sería necesario elevarte de posición. Tú dices que no quieres elevarte por encima de tu presente rango. Yo respeto ese sentimiento, aunque es opinión general que hace ya tiempo que has eclipsado a todos los otros caballeros. Has llegado a ser objeto de envidia y al envidiarse, la gente me critica a mí. Se me critica ya por los favores que te he dispensado. ¿No te das cuenta de que la envidia y la crítica se intensificarán si este matrimonio se lleva a cabo?
Haces la correcta observación de que Augusto pensó en casar a su hija con un caballero. Pero previó que a cualquier hombre honrado por una alianza así, habría que elevarlo, y aquellos en quienes pensó eran hombres como Cayo Proculeyo, un íntimo amigo suyo que no tomaba parte activa en los asuntos públicos. No se pueden comparar los dos casos. Es más, a fin de cuentas, debes recordar que los dos yernos que eligió fueron, primero Marco Agripa y después yo mismo.
He hablado con claridad, como se debe hablar a un amigo. Fundamentalmente, no pienso oponerme a ninguna decisión a que tú y Julia Livila lleguéis. No voy a hablarte ahora de ciertos proyectos míos y deberes adicionales mediante los cuales estoy pensando en ligarte aún más a mí. Diré sólo que tus propios méritos personales y el conocimiento que tengo de tu incondicional entrega a mis intereses y a mi persona me convencen de que ningún ascenso sería demasiado alto. Cuando llegue el momento hablaré francamente al Senado…


Sejano se manifestó profundamente conmovido por mi carta. Reconoció la justicia de mis observaciones y prometió considerarlas cuidadosamente.

Tiberio, de Allan Massie