sábado, 31 de octubre de 2009

Las afinidades electivas
















El mandó preparar sus caballos, dio las
instrucciones necesarias al ayuda de cámara sobre lo que debía ponerle de equipaje, y cómo había de seguirle, y de ese modo, cual si ya lo tuviera madurado, se sentó y escribió:

La desgracia, querida mía, que nos ha ocurrido podrá ser curable o no; yo solamente siento esto: que si no he de desesperarme desde este momento, debo encontrar una tregua para mí y para todos nosotros.
Porque me sacrifico, puedo exigir. Abandono mi casa, y solo volveré con perspectivas más propicias y tranquilas. Mientras tanto, tú debes ser su dueña, creo que con Ottile.
Quiero saber que está contigo, no entre personas extrañas. Cuida de ella, trátala como antes, como hasta ahora; cada vez con más cariño, con más amabilidad, con más ternura.
Prometo no buscar ninguna relación secreta con Ottilie. Más aún: déjame algún timpo sin saber en absoluto cómo vivís; yo me imaginaré lo mejor. Imaginadlo también sobre mí. Solo te ruego, desde lo más hondo, y con el mayor afán, esto: no hagas ningún intento de colocar a Ottilie en algún otro sitio, de ponerla en una nueva situación. Fuera de círculo de tu castillo, de tu parque, confiada a personas extrañas, me pertenece y me apoderaré de ella. Pero si haces el honor a mi inclinación, a mis deseos, a mis esperanzas, yo tampoco me opondré a la curación cuando se me ofrezca.


Selló la carta, bajó rápidamente las escaleras y saltó a caballo

Las afinidades electivas, de Johann Wolfgang von Goethe