sábado, 24 de octubre de 2009

Jardin de invierno

















Eva:
Ayer me pasé horas mirando el oscuro y desangelado vacío detrás de la ventana mientras llegué a la conclusión de que tú y yo hemos llegado a ser unos extraños. Tal vez debe ser así. Sin embargo, quiero que sepas que últimamente he abandonado a Aristóteles por las novelas que a ti te gustan: he devorado deceneas de libros de Dostoievski, Chéjov, Tolstoi y otros clásico rusos, los tuyos preferidos.
Otra vez se avecina el invierno y la escarcha cubre los campos y prados, aunque en los alrededores no han quedado muchos. La niebla otoñal cubre solícita lo que quedó de nuestra pobre ciudad aniquilada. Por la noche sopla un viento helado, que antes silbaba entre los arces, los pinos y los abetos, y ahora resuena entre las torres de las fábricas y levanta el polvo gris de las minas. Estoy sentado en una habitación iluminada y me hundo en un ensueño sobre un libro de viajes a países lejanas a sabiendas de que no viajaré nunca muy lejos. Pero hay un destino que cada vez se dibuja en mi cabeza con más precisión, un viaje lejos de este país, del país de la destrucción; sin embargo, me domina la apatía ante cualquier desplazamiento o actividad.
Así sueño por la noche. La luz del día, que me permite ver con nitidez la recién construida fealdad, me sume en una permanente irritación.
Lo único que tiene sentido, que merece la pena la consagración de la vida es el arte, la creación, la investigación. ¿Vivir para la mente o para el placer, o sea, para el cuerpo? La mente es un don divino; los placeres mundanos incluso a Fausto se los proporcionó Mefistófeles, y acaban en el sufrimiento y la tragedia.
Lo único que tiene sentido: así lo he formulado. Pero ¿qué diferencia hay entre corromperse en la tumba inculto o hacerlo con refinada sofisticación? Todo es un engaño.
Estoy esperando. Sé que pronto tendré un nuevo ataque nervioso. Reconozco los síntomas.
Vivo en uno de esos fosos que han cavado en el lugar donde antes se erigía Most, la ciudad gótica, Most, la ciudad real. Y cuando levanto la cabeza hacia el cielo, te veo a ti, estás inclinada sobre el foso y tu pelo oscuro se confunde con el cielo nublado.
Tu rostro delata nerviosismo, excitación, rabia. ¿Estás resentida porque no te acompaño en tus ansias de cambiar el mundo?
Si supieras, Eva, cuánto me gustaría alejarme de todas las tormentas para vivir en el país de la Belleza.
Karel

P.S. Justo antes de Navidades iré poco tiempo a Praga. ¿Nos veremos?

















Eva:
“Antes de Navidades iré a Praga. ¿Nos veremos?”, te escribí en mi última carta y ni de lejos me hubiera imaginado que en Praga finalmente viviría la escena que había visto en un sueño hace tiempo que tú y yo estamos sentados en un café y en el momento en que me estoy acercando a ti, te levantas y te vas.
De modo que ya no tengo nada que hacer en Praga.
Además, durante mi breve estancia vino a verme un conocido tuyo-no quiero decir nuestro porque me costó superar el sinsabor que me produjo la reunión con ese hombre- y me pidió que me retirara de tu vida. Aseguró que yo era pernicioso para ti.
Praga, pues, no es mi lugar. Nadie cercano me espera allí. Seguramente tu abuela te habrá comunicado la triste noticia de que la mía ha muerto, así que no sólo allí, sino tampoco, sino tampoco en Most me espera nadie.

Ya no creo en nada en este país, ni siquiera en la Primavera de Praga y su socialismo con rostro humano. El que ha experimentado la aniquilación racional de su ciudad por el poder totalitario nunca más puede creer en las promesas de los políticos, y nunca permitirá que nuestro país se independice, ni siquiera un poco, de su influencia. Estoy convencido. Por eso creo que tu lucha es en vano.
De modo que aprovecho la apertura de las fronteras para salir a reunirme con mi madre en Francia. Cuando hayas recibido esta carta, yo ya habré dado mis primeros pasos en la nueva etapa de mí vida en París.
Tuyo,
KAREL

P.S. De momento ignoro mi nuevo domicilio. No lo tiene nadie, ni siquiera Dalibor. Asimismo, debo decirte que no estoy seguro si quiero continuar esta relación inestable, antojadiza y lunática que es la nuestra. Estoy pensando que tal vez sería mejor no remover el agua muerta y así darle la oportunidad de que brille entre las montañas: serena y clara, sin sabor ni perfume. Un pequeño lago de montaña: ése será mi recuerdo de ti, Eva.


Jardin de invierno, de Monika Zzgustova