sábado, 17 de octubre de 2009

Eugenia Grandet






Mi querida prima:
Supongo que le alegrará saber que he tenido éxito en mis empresas. Usted me trajo suerte, he vuelto rico y he seguido los consejos de mi tío, cuya muerte, así como la de mi tía, acaba de comunicarme el señor Des Grassins. La muerte de nuestros padres es natural, y nosotros debemos sucederles. Espero que hoy esté ya usted consolada. Nada resiste al tiempo, lo sé por experiencia. Sí, querida prima, desgraciadamente para mí el momento de las ilusiones ha pasado. ¡Qué otra cosa puede esperarse! Viajando a través de muchos países he reflexionado sobre la vida. Al marchar era un niño pero ya me he hecho un hombre. Hoy pienso en muchas cosas que antes no me preocupaban. Usted es libre, prima mía, y yo soy libre aún; nada impide, en apariencia, la realización de nuestros proyectos, pero tengo un carácter demasiado leal para ocultarle la situación de mis asuntos. No he olvidado que no me pertenezco; siempre he recordado en mis largas travesías el banquillo de madera…
Eugénie se levantó como si sintiese bajo ella carbones ardientes, y fue a sentarse en uno de los escalones del patio.
…Del banquillo de madera donde nos juramos amarnos siempre; del pasillo, de la sala gris, de mi habitación buhardillaza, y de la noche en que con su delicada generosidad me procuró usted un porvenir más fácil, Sí, estos recuerdos me han mantenido firme en mi valor, y me he dicho muchas veces que usted pensaba siempre en mí como yo pensaba en usted a la hora convenida entre nosotros. ¿Ha mirado las nubes a las nueve?
Sí, ¿verdad? Pues bien no quiero traicionar una amistad sagrada para mí; no, no debo engañarla. Se trata en este momento para mí de un enlace que satisface completamente las ideas que me he formado sobre el matrimonio. El amor en el matrimonio es una quimera. Hoy mi experiencia me dice que al casarse es preciso obedecer a todas las leyes sociales y reunir todas las conveniencias que para ello exige el mundo. Ya hay entre nosotros una diferencia de edad que tal vez influiría más en su porvenir, querida prima, que en el mío. No voy a hablarle de sus costumbres, ni de su educación, ni de sus gustos, que no están en absoluto en armonía con la vida de París, y que, sin duda, disonarían con mis proyectos ulteriores. Está entre mis planes tener una gran casa, recibir a mucha gente, y creo recordar que a usted le gustaba la vida apacible y tranquila. No, voy a serle más franco y quiero que sea usted juez de mi situación; le corresponde conocerla y tiene usted derecho a juzgarla. Hoy poseo ochenta mil libras de renta. Esta fortuna me permite unirme a la familia D’Aubrion, cuya heredera, una joven de diecinueve años, aporta al matrimonio su apellido, un título, el puesto de gentilhombre honorario de cámara de su Majestad y una de las más brillantes posiciones. Le confesaré, querida prima que no siento ningún amor por la señorita D’Aubrion; pero casándome con ella aseguro a mis hijos una situación social cuyas ventajas un día serán incalculables, pues de día en día las ideas monárquicas van ganando terreno. De modo que, dentro de algunos años, mi hijo, que será marqués D’Aubrion y tendrá un mayorazgo de cuarenta mil libras de renta, podrá escoger el cargo del Estado que prefiera. Nos debemos a nuestros hijos. Ve usted, prima mía, con qué sinceridad le expongo el estado de mi corazón, de mis esperanzas y de mi fortuna. Es posible que usted por su parte haya olvidado, después de siete años de ausencia, nuestras niñerías, pero yo no he olvidado ni su indulgencia, ni mis palabras; las recuerdo todas, hasta las que di con mayor ligereza y que un joven menos consciente que yo y de corazón menos leal ni siquiera pensaría en ellas. El decirle que solo pienso hacer un matrimonio de conveniencia y que recuerda aún nuestros amores de niños, ¿no es ponerme enteramente a su disposición, hacerla dueña de mi suerte y decirle que, si es necesario renunciar a mis ambiciones sociales, me contentaré gustoso con esta dicha pura y sencilla que con tan conmovedoras imágenes usted me hizo ver?...

-Tan ta ta. Tan ta ti. Tin t ata. Tun. Tun ta ti. Tin ta ta, etc…-cantaba Charles Grandet con la música de Non più andrai, al afirmar:

Su afectísimo primo,

Charles


Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac