domingo, 4 de octubre de 2009

El juego del escondite











Había comprado un bloc de papel de cartas y unos cuantos sobres. Se sentó ante la mesa de mimbre, sobre la que tuvo que extender el periódico para poder escribir sobre una superficie lisa, y ello a pesar del bloc.

19 de noviembre 19…
Querido Ed ( Un comienzo difícil: Ray detestaba llamar a Coleman por su nombre, pero le pareció la mejor de tres posibilidades.)
He pensado que podía servirte de alivio, aunque sólo sea un poco, que te dijera que no tengo ninguna intención de decirle a la policía ni a nadie lo que sucedió el pasado jueves por la noche. Esta es una de las razones por las que te escribo la presente.
La segunda es Peggy. Aún no he conseguido hacértelo entender, pese a que lo he intentado con bastante frecuencia. Tengo la impresión de haber fracasado de alguna forma siempre que he tratado de hablarte de ella. Quisiera decir ante todo que Peggy era insólitamente joven para su edad y que la palabra “inmadura” no sirve para expresarlo en su totalidad. Creo que se debió a lo protegida que estuvo durante la infancia y adolescencia (ya sé que esto lo he dicho anteriormente) y ello, por supuesto, afectó a todas sus relaciones: conmigo y también con la pintura, por ejemplo. No había empezado a darse cuenta del progreso largo y a menudo lento que todo artista tiene que hacer antes de “madurar” o alcanzar algún tipo de dominio de su arte. Su educación- completada poco antes de que yo la conociera- al no concentrarse en el arte-(lástima que no se hiciera nada al respecto, ya que ella decía que siempre ha querido ser pintora, igual que tú, que a los dieciséis años ya estaba decidida a serlo, aunque puede que exagerase), la privó de iniciar este conocimiento, que es un conocimiento de progreso y también de capacidades y limitaciones. La mayoría de las personas que van a ser pintoras saben mucho acerca de estas cosas cuando cumplen los dieciocho o los veinte años. Creo que Peggy se sentía desconcertada y asustada ante el mundo que veía abrirse ante ella. Sé que le daba miedo el placer que hallaba en el sexo (pienses lo que pienses eso lo sé mejor que tú)y también que esperaba de él más de lo que hay…con quien sea. Pero, lejos de sentir miedo del sexo en sí, se mostraba aún más entusiasta que yo, lo cual es decir mucho, ya que yo la quería


Quería terminar la frase diciendo “tan tierna y apasionadamente”, pero no podía soportar a Coleman riéndose de ello e incluso calificándole de “crudo”.

Parece demasiado obvio decir que ambos seguimos traumatizados por su muerte, ya que ello se hace sobradamente evidente en nuestros respectivos comportamientos.
¿No eres capaz de comprender que yo también la quería y hubiese hecho cualquier cosa para impedir esto y daría cualquier cosa para hacer que el tiempo retrocediese algunas semanas, de manera que no hubiera ocurrido lo que ocurrió?.

Ray tuvo la impresión de que lo que escribía empezaba a resultar impreciso y de que había dicho lo suficiente. Metió la carta en un sobre y dirigió éste a Edgard Coleman, Hotel Bauer-Gruenwald, pero no lo cerró, porque pensó que tal vez desearía añadir algo. Luego gaurdó el sobre en el bolsillo de la tapa de la maleta.

El juego del escondite, de Patricia Highsmith