sábado, 19 de septiembre de 2009

Tres rosas amarillas









La carta -una parte de ella-rezaba como sigue:


Querido:
Las cosas no van bien. De hecho van mal.
Han ido de mal en peor. Y sabes a lo que me refiero. Hemos llegado al final. Todo ha acabado entre nosotros. Y, sin embargo, cuánto me habría gustado que hubiéramos hablado acerca de ello.
Ha pasado mucho tiempo desde nuestras últimas conversaciones. Me refiero a conversaciones de verdad. Incluso después de casarnos segumios hablando y hablando, en un continuo intercambio de informaciones e ideas. Cuando los niños eran pequeños-e incluso después, cuando se hicieron algo mayores- seguíamos encontrando tiempo para hablar. Era difícil, claro está, pero nos la arreglábamos, encontrábamos el tiempo. Lo inventábamos. Teníamos que esperar a que se durmieran, o aprovechar cuando jugaban fuera o estaban con la niñera. Nos las erraglábamos. A veces llamábamos a la niñera exclusivamente para poder hablar. Otras nos quedábamos hablando toda la noche, hasta el amanecer. Bien. Las cosas suceden, lo sé. Las cosas cambian. Bill tuvo aquel problema con la policía, Linda quedó embarazada, etcétera. Nuestro plácido tiempo juntos se esfumó. Y poco a poco tus responsabilidades volvieron a absorberte. Tu trabajo llegó a ser lo más importante, y nuestro tiempo juntos se esfumó.Luego, cuando nuestros hijos se fueron de casa, volvimos a tener tiempo para hablar. Nos teníamos el uno al otro de nuevo, pero cada vez teníamos menos de que hablar. "son cosas que pasan", diría el filósofo. Y es cierto. "Son cosas que pasan". Pero nos han pasado a "nosotros". En cualquier caso, nada de reproches. "Nada de reproches". No es ése el motivo de esta carta. "Quiero hablar de nosostros". Quiero hablar del "ahora". Ha llegado la hora, ya ves, de admitir que ha sucedido "lo imposible.
De admitir la derrota. De disculparse.De...


Llegué hasta aquí y dejé de leer. Algo no cuadraba. Había gato encerrado en aquella carta.

Tres rosas amarillas, de Raymond Carver