domingo, 27 de septiembre de 2009

La bella durmiente va a la escuela
















La condesa escribió a su marido la siguiente carta:

Amor querido: No sé andar por el mundo sin ti.
Me faltas a todas horas y tu ausencia me resulta insoportable. Te escribo después de haber cenado. A estas horas, tendría mi cabeza en tu regazo y escucharía en silencio lo que quisieras hablarme. Lo imagino, pero no basta. La clase de felicidad a que me tienes acostumbrada es inimaginable: recordarla me entristece.
Y tú, ¿qué harías sin mí? Pienso que aprovecharás mi ausencia con una de tus escapadas. Ahora que no estás delante, puedo confesarte el miedo que me dan.
Yo se que gustas a todas las mujeres. ¿De veras que no me engañarás con ninguna? Es una vulgaridad, lo sé. Temerlo; pero estoy convencida de que amas a una mujer vulgar. Quizás, a fin de cuentas, sea esto lo mejor, si yo consumo toda la vulgaridad disponible, te verás libre de ella, que es lo que importa.

Importa también, de momento, que te dé algunas noticias. Lo de la Princesa no está nada claro. Me inclino a creer que el negocio, en su conjunto, tiene jettatura.
He visto personalmente cómo se desvanecía una esperanza y cómo fallaba un remedio. El Rey está resignado a la desesperación. Por cierto que ha resultado un excelente muchacho, y muy cortés en sus palabras: ninguna de ellas recordó aquel beso ingenuo que todo el mundo convino en considerar escandaloso.

Según esto, yo debiera marcharme a París enseguida. Pero sucede algo imprevisto que nos afecta. Parece ser que, por varias razones, yo soy la persona más indicada para acompañar a la Princesa en su viaje a través del tiempo. Así me lo ha dicho el Chambelán viejo pariente mío que es quien lleva estas cosas. ¿Imaginas, querido, lo que esto supone? Si me permites usar una base de tus frases, nuestro idilio tendrá una base económica firme, porque me pagarán un gran sueldo. Podremos tomar en traspaso la tienda de sombreros de Mme. Dunois (Rue Royal) y dejar en el banco una reserva importante. Podremos tener un hijo, y no habrá por qué ocultar a nadie que eres mi marido. Lo podremos todo, querido: incluso comprar una granja y vivir felices en ella si la tienda de sombreros no te agrada. Una granja donde quieras, aunque sea en Holanda.
¿Me lo permites? No me preocupa la autorización de M. Dior, con la que cuento de antemano; le conviene, porque en todas las revistas ilustradas saldré retratada al lado de la Princesa.. Pero, tú, ¿podrás resistir una separación tan larga? ¿Y yo? Lo he pensado, y creo que la esperanza de tantas cosas me ayudará. Lo necesario es que tú las esperes con la misma vehemencia.

No obstante, debes considerar la conveniencia de ganar ese dinero. Es mucho; quizás mas del que necesitamos. ¿Vale la pena que renunciemos por él a tres meses de compañía?

Olvida lo que te dije al principio. Ya sé que no me engañarás. Si lo pienso a veces, es por mezclar a mi inmensa felicidad una almendra amarga.
Te quiere mucho

AGATHY

La bella durmiente va a la escuela, Gonzalo Torrente Ballester