jueves, 20 de agosto de 2009

Los monederos falsos




Edouard se saca del bolsillo de la chaqueta la carta de Laura, la misma carta que ya ha leído una y otra vez durante la travesía. Y vuelve a leerla:

Querido amigo:
La última vez que le vi-fue, como recordará, en St. James Park, el dos de abril, la víspera de mi partida para el Mediodía de Francia-, me obligó a prometerle que le escribiría si me veía en algún apuro. Cumplo mi promesa. ¿A quién otro que a usted podría invocar en este momento? Aquellos en quienes querría poder apoyarme son a quienes más debo ocultar mi desdicha. Porque ha de saber usted, amigo mío, que me encuentro en un tremendo aprieto. Lo que ha sido de mi vida desde que me separé de Félix, quizá se lo cuente algún día. Me acompañó a Pau y regresó solo a Cambridge, donde sus clases le reclamaban. Lo que de mí ha sido allá, sola y abandonada a mí misma, a la convalecencia, y a la primavera…¿Me atreveré a confesarle a usted lo que soy incapaz de decirle a Félix? Ha llegado el momento en que debería reunirme con él…Pues bien; no soy digna de hacerlo. Las cartas que le escribo desde hace algún tiempo son una pura mentira, y las que recibo de él no hablan más que de su alegría al ver que cada vez estoy mejor. ¡Ojala nunca me hubiera curado¡¡O que me hubiera muerto allí¡…Amigo mío, no he tenido más remedio que rendirme a la evidencia: estoy encinta; y el niño que espero no es de él. Hace ya más de tres meses que nos separamos; de todas formas, a él por lo menos no sería capaz de engañarle. No me atrevo a volver a su lado. No puedo. No quiero. Seguramente me perdonaría; pero es que yo ni me merezco ni deseo que me perdone. Tampoco me atrevo a volver a casa de mis padres, que me siguen creyendo en Pau. Mi padre, si se enterara, si se diera cuenta de lo que ha pasado, me maldeciría, me arrojaría de casa. ¿Cómo voy a afrontar su virtud, su repugnancia hacia el pecado, hacia la mentira, hacia todo lo que es impuro? También tengo miedo al disgusto que les daría a mi madre y a mi hermana. Y en cuanto a aquel que… Mas no pretendo acusarle; cuando me prometió ayudarme, estaba en condiciones de hacerlo. Pero para conseguir medios de prestarme una ayuda mayor, se puso a jugar. Y perdió el dinero que hubiera servido para mantenerme y para el parto. Lo ha perdido todo. Al principio pensé marcharme con él a donde fuese, vivir con él, al menos por algún tiempo, pues no quería crearle dificultades ni suponerle una carga; ya habría terminado por encontrar alguna manera de ganarme la vida; pero de momento, me es imposible. Me doy cuenta perfectamente de que le duele abandonarme, pero también de que no puede proceder de otra forma; tampoco le acuso de que me deje, pero el caso es que me deja. Estoy aquí sin dinero. Vivo de fiado, en un pequeño hotel. Pero esto no puede durar. No sé qué va a ser de mí. ¡Ay¡ Un camino tan delicioso sólo al abismo podía conducir. Le escribo a usted a las señas de Londres que me dio, pero cualquiera sabe cuándo le llegará la presente. ¡Con las ganas que tenía yo de ser madre¡ Me paso todo el día llorando. Aconséjeme; ya no puedo esperar nada de nadie más que de usted, Socórrame, si le es posible, y si no… ¡Ay¡ en otra época, habría tenido más valor; pero ahora no sería yo sola quien muriese. Si no viene usted, si me escribe:” No puedo hacer nada”, no tendré el menor reproche que hacerle. Al decirle a usted adiós, trataré de no lamentarme demasiado de la vida, aunque creo que nunca se ha dado usted demasiada cuenta de que la amistad que me profesó sigue siendo lo mejor que la vida me ha proporcionado…y de que lo que yo llamaba mi amistad hacia usted en mi corazón tenía un nombre distinto.
LAURA FELIX DOUVIERS
P.D. Antes de echar esta carta, voy a verle a él por última vez. Le iré a esperar esta noche a su misma casa. Si llega a recibir usted la presente, será porque verdaderamente…¡Adiós¡¡Adiós¡ Ya no sé lo que digo.



Los monederos falsos, de Andre Gide