sábado, 29 de agosto de 2009

Liquidación


Era la carta de despedida, la carta de Be a Sara, que ella no me mostró aquel día en la vivienda y que ahora sólo me enseñaba para apartarme de mis planes y obligarme a callar; era lo que le pedía su conciencia:

Sára, se acabó. Se acabó. Sé lo que te hago. Pero se acabó. Se acabó.
Tal vez te escriba estas líneas delirando ya por la morfina. Pero estoy plenamente consciente. Jamás he estado tan lúcido. Estoy irradiando luz, por así decirlo, soy mi propia lámpara.
No creas que no lo siento. Se acabaron nuestras largas tardes que se perdían en lúgubres noches. Se acabaron nuestras “caricias trascendentales” (así las llamábamos, ¿te acuerdas?). Tumbados en la cama como dos hermanos, hermana menor y hermano mayor, o, más bien, como dos hermanas cariñosas que se mimaban. Se acabó nuestro mundo, el cómodo mundo carcelario-así lo veo ahora-que tanto odiábamos. Hoy ya sé que ese odio me mantuvo con vida. La obstinación, la obstinación de sobrevivir.
-¿Y el amor?- preguntarás. Oigo su voz-,¿No cuenta el amor?
Debo desaparecer aquí, con todo cuanto llevo dentro como la peste. Guardo increíbles fuerzas destructivas en mi interior; se podría destruir todo el mundo con mi resentimiento, por expresarme con suavidad y no decir ganas de vomitar.
Hace mucho tiempo ya sólo deseo mi destrucción. Sin embargo, no se produce por sí sola. Tengo que echarle una mano, darle facilidades…
He creado una criatura, una vida frágil y delicada con el único fin de destruirla. Si algo sabes, calla para siempre. Soy como Dios, ese canalla…
Deseo de todo corazón mi aniquilamiento. No sé por qué he tenido que desgranar esta larga vida cuando habría podido suicidarme a tiempo, en una época en que desconocía aún la inutilidad de las luchas y ambiciones. Nada ha tenido ningún sentido; no he conseguido crear nada; el único fruto de mi vida es haber conocido la extrañeza que me separa de mi vida. He estado muerto ya en vida. Abrazabas a un muerto, Sara, en vano tratabas de devolverle la vida. A veces nos veía de lejos, veía tus inútiles intentos y apenas podía contener la risa. Soy un hombre malo, Sara.
Has sido un gran consuelo en este miserable campo de concentración terrenal que llaman vida, Sara.
No lo sientas, he tenido una vida plena. A mi manera. Sólo hay que reconocerlo, y este reconocimiento fue mi vida. Pero ahora se acabó. Ha desaparecido el pretexto para mi existencia, ha desaparecido el estado existencial de la supervivencia.
Ahora habría de vivir como un adulto, como un hombre. Y no tengo ganas de salir de la cárcel, pisar el espacio infinito, donde se disuelve y desintegra mi superflua…
¿No habré querido decir tragedia?
Ridículo.
Me gustaba el verde inagotable de las plantas, me gustaba el agua. Me gustaba nadar; y antes de conocerla a ella, creía que también me gustaban las mujeres.
Viví todo cuanto me estuvo dado vivir. Casi me asesinaron y casi me convertí en asesino. De hecho… Precisamente ahora me estoy preparando para matar.
Me has visto inclinado sobre un montón de papeles. Si algo sabes, calla para siempre. El literato te interrogará. Intenté redactar la…Da igual. No funcionó. No hay nada, nada. No le dejé nada. No hay nada de que hablar. No quiero levantar mi tienda en la feria de la literatura, no quiero exponer mis productos. Son mercancías feas, no están pensadas para manos humanas. Tampoco querría, sin embargo, que las cogieran, las manosearan y las devolvieran con desprecio a su sitio. He concluido mi trabajo, que no pertenece a nadie.
Empiezo a sentirme raro. Es tan bueno llegar al otro lado…Es tan bueno dejarlo todo. Nada tengo que ver ya con ese montón de cosas torturantes y repelentes que soy yo…Gracias por todo…Gracias por el sueño…



Liquidación, de Imre Kertész