sábado, 29 de agosto de 2009

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo







De vuelta a casa, encontré un sobre grueso en el buzón. Era una carta del teniente Mamiya.. Mi nombre y dirección estaban escritos con unos bellos caracteres.
Eran casi las cinco de la tarde cuando me decidí finalmente a leer la carta. Me senté en el cobertizo, me apoyé en una columna y saqué las hojas del sobre:

Le presento mis disculpas, por haberme extendido tanto en los preliminares. El único motivo de esta carta, aun sabiendo que puede representar una molestia adicional para usted, es hacerle saber que la historia que le conté ni es una invención ni es el recuerdo magnificado de un viejo, sino que es, hasta en los más mínimos detalles, la estricta y solemne verdad. Como usted muy bien sabe, hace mucho tiempo que acabó la guerra y, con los años, los recuerdos van degenerando de forma natural. Los recuerdos y los pensamientos envejecen igual que envejece el hombre. Pero hay algunos pensamientos que nunca se erosionan.
Hasta ahora, jamás le había contado a nadie esta historia, aparte de a usted. A los oídos de la mayoría de la gente sonaría a invención disparatada. La mayor parte de la gente ignora y evita las cosas que trascienden los límites de su entendimiento, tachándolas de irracionales e indignas de consideración. ¡Cuánto desearía que la historia que le conté fuera en verdad una invención disparatada¡ He sobrevivido todos estos años aferrado a la endeble esperanza de que se tratara de un error en mi memoria, de una obsesión, de un simple sueño. Me he esforzado mil veces en convencerme de que era una obsesión, un error. Pero, cada vez que intentaba en vano confinar estos recuerdos al olvido, emergían con más fuerza, más vívidos. Han arraigado en mi mente y penetrado en mi carne como una célula cancerígena…
Aún ahora puedo recordar cada uno de los pormenores tan vívida y detalladamente como si hubieran sucedido ayer. Puedo tocar la arena y la hierba y sentir su olor. Puedo ver la silueta de las nubes en el cielo. Puedo sentir incluso el viento arenoso y seco azotándome las mejillas. Si los comparo, los acontecimientos posteriores me parecen una obsesión irreal rayana en la ilusión. El principio de mi vida, de esa vida que puedo considerar propiamente mía, murió en aquellas estepas de Mongolia Exterior donde la vista se perdía sin encontrar obstáculo. Luego perdí el brazo en la terrible contraofensiva frente a las unidades de tanques soviéticos que rompieron la línea fronteriza, padecí un sufrimiento inimaginable en un gélido campo, y ahora vivo solo, cultivando la tierra. Pero todos estos años me han parecido la escena de una ilusión. El tiempo ha pasado sin que yo me percibiera de ello. Mi memoria atraviesa en un instante estos largos años de vacuidad y vuelve directamente a las estepas de Hulumbuir.
Lo que destruyó mi vida, lo que la convirtió en un pellejo vacío, fue aquella luz que ví en el fondo del pozo. Aquel brillante rayo de sol que penetraba directamente hasta el fondo sólo diez o veinte segundos. Aquel rayo que, sólo una vez al día y sin previo aviso, llegaba de repente y se desvanecía al instante. Pero yo, en aquella inundación de luz tan fugaz, vi más cosas de las que pueden verse en toda una vida. Y luego, habiéndolas visto, me convertí en una persona completamente distinta a la que había sido. Han pasado más de cuarenta años, pero todavía no puedo entender con exactitud el significado de lo que sucedió en el fondo del pozo. Lo que voy a contarte ahora no pasa de ser, pues, una mera hipótesis. No tiene ningún fundamento lógico. Pero, de momento, creo que esta hipótesis es lo que más se acerca a la realidad que experimenté.
Había sido arrojado por los soldados mongoles al fondo de un pozo profundo y oscuro que estaba en mitad de las estepas de Mongolia, me dolían las piernas y los brazos, no tenía ni agua ni comida y solo esperaba la muerte. Antes había visto desollar vivo a un ser humano. En esas circunstancias específicas, creo que mi mente había llegado a un estado de concentración tan exacerbado que, cuando brilló aquella luz, fui capaz de descender directamente hasta el núcleo de mi propia conciencia. En todo caso, vi todo lo que allí había. Todo mi alrededor estaba bañado en esa luz brillante. Yo me hallaba justo en el centro de ese chorro de luz. Mis ojos no podían ver nada. Yo estaba enteramente sumergido en luz. Pero allí se veía algo. Algo se perfiló en el interior de esa ceguera momentánea. Algo. Algo vivo. Dentro de la luz, ese algo intentaba emerger, negro como la sombra de un eclipse solar. Pero yo no pude distinguir con claridad su forma. Intentó acercárseme. Intentó ofrecerme una especie de gracia divina. Yo lo esperaba temblando. Pero, fuera porque cambió de parecer, o porque no tuvo el tiempo suficiente, ese algo no llegó. Un instante antes de tomar forma se disolvió y desapareció de nuevo en la luz. Y la luz se fue apagando. Y el tiempo de que brillara llegó a su fin.
Sucedió dos días seguidos. Exactamente lo mismo. Algo empezaba a perfilarse en el chorro de luz y desaparecía luego sin llegar a tomar forma. Dentro del pozo tenía hambre y sed. No era sufrimiento común. Pese a ello, carecía de importancia. Lo que más me hizo sufrir fue no poder distinguir claramente ese algo que vivía en la luz. Era el hambre de ser incapaz de ver algo que debía ver, la sed de ser incapaz de conocer algo que debía ser conocido. Si hubiera sido capaz de distinguir su forma con claridad, no me habría importado morir de hambre y sed. Lo pensé realmente. Hubiera sacrificado cualquier cosa para poder ver su forma.
Pero aquella forma se apartó de mí para siempre. La gracia divina se alejó sin serme concedida. Y, como ya le he dicho antes, tras salir de aquel pozo, mi vida se convirtió en un pellejo vacío. Por eso, poco antes de acabar la guerra, durante la ofensiva del ejército soviético en Manchuria, me ofrecí voluntario para ir a la primera línea del frente. También en el campo de concentración de Siberia procuré ponerme en forma deliberada en situaciones difíciles. Pero no logré morir. Tal como aquella noche había profetizado el cabo Honda, mi destino era volver a Japón y vivir un tiempo asombrosamente largo. Recuerdo haberme alegrado la primera vez que lo escuché. Sin embargo, era casi una maldición. No es que yo no muriera, sino que no podría morir. Tal como dijo el cabo Honda, hubiera sido mejor no haberlo sabido.
Porque cuando se extinguieron la revelación y la gracia divina, se extinguió también mi vida. Todo lo que vivía dentro de mí, y que tenía por tanto algún valor, murió. No quedó nada. Todo ardió dentro de aquella luz violenta y quedó reducido a cenizas. O, tal vez, el calor que emitía aquella revelación, aquella gracia, abrasó el núcleo de mi vida. Quizá no tenía la fuerza suficiente para resistir aquel calor. Por eso no tengo miedo a morir. La muerte física de mi cuerpo para mí representará incluso una salvación. Me liberará para siempre del sufrimiento de ser yo, de esta prisión sin esperanza.
Una vez más me he extendido demasiado. Pero lo que verdaderamente quería que supiera era esto. Soy un ser humano que, en cierto momento perdió su propia vida y ha vivido más de cuarenta años acompañado de esa vida perdida. Como persona que se encuentra en esta situación, creo que la vida es mucho más limitada de lo que piensan las personas que están en pleno proceso vital. La luz brilla durante un limitado y brevísimo espacio de tiempo en el acto de vivir. Quizá sólo unas decenas de segundos. Una vez se ha ido, si has fracasado en el intento de alcanzar la revelación que se te ofrecía, no tienes una segunda oportunidad. Y luego deberás pasar el resto de tus días dentro de una profunda soledad sin esperanza ni remordimiento. En este mundo del crepúsculo, la persona ya nunca podrá esperar nada. Lo único que poseerá serán los restos efímeros de lo que pudo haber sido.
En todo caso, me siento contento de haberle visto y haberle podido contar esta historia. Ignoro si le será de alguna utilidad. Pero tengo la sensación de que hablar con usted me ha producido una especie de consuelo. Es un pequeño consuelo, pero, por insignificante que sea, para mí es tan preciado como un tesoro. No puedo dejar de sentir los hilos del destino en el hecho de que haya sido el señor Honda quien me haya conducido hacia él. Hago votos para que sea usted feliz en el futuro.


Releí la carta otra vez desde el principio y la metí en el sobre.
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami