lunes, 31 de agosto de 2009

Duele






















Duele no poder escuchar de nuevo las palabras que durante tiempo nos han hecho estremecer.
Duele no sentir de nuevo la calidez de las caricias que entraban en el corazón mezclándose con el pensamiento y erizaban el alma
Duele la piel herida por la falta de los abrazos que quedaron suspendidos en el aire.

Duele saber que se ha dicho adiós sin palabras.
Duele reconocer que hace tiempo el adios revolotea a nuestro alrededor buscando palabras adecuadas que pronunciar.
Duele notar que el sabor dulce de la boca ahora es salado a causa de tantas lágrimas




sábado, 29 de agosto de 2009

Carta escrita por Gavalia

Por qué no me hablas ?
Nunca cerré la puerta a tus posibles caricias es más siempre las he deseado.
Tampoco oculté nunca mi deseo de ser parte de ese sueño tuyo que un día como un dardo mi consciencia atravesó.
Que es lo que te detiene ?
Desde entonces tus sueños de tinta mágica pasaron a ser mis sueños de papel mojado y debiera aprender de ello pero no puedo estimada amiga no puedo y es que al parecer te deseo.
Que es lo que te para ?
Quizá no sea un deseo al uso,quizá pudiera ser solo un trastorno de mi sesera, pero lo que es cierto es que esta grabado a fuego en letras mágicas sobre hojas de trasnochada ilusión que el tiempo erosiona pero que permanece impertérrito en mi corazón.
Por qué no me hablas?
Necesito del ungüento de tus palabras,necesito del bálsamo de tu pensamiento creo que necesito incluso tu propio dolor.
Por qué me confundes?
Si mis intenciones son únicamente los deseos de letras compartidas a través de palabras inducidas por la amistad.
Por qué me siento más defraudado por las palabras que por la realidad de las cosas ?
Por qué tocas mi alma y después te alejas mientras yo me pierdo en divagaciones propias de tontos cuando siempre me dije que con tontos ni al cielo.
Querida amiga...te echo de menos.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo







De vuelta a casa, encontré un sobre grueso en el buzón. Era una carta del teniente Mamiya.. Mi nombre y dirección estaban escritos con unos bellos caracteres.
Eran casi las cinco de la tarde cuando me decidí finalmente a leer la carta. Me senté en el cobertizo, me apoyé en una columna y saqué las hojas del sobre:

Le presento mis disculpas, por haberme extendido tanto en los preliminares. El único motivo de esta carta, aun sabiendo que puede representar una molestia adicional para usted, es hacerle saber que la historia que le conté ni es una invención ni es el recuerdo magnificado de un viejo, sino que es, hasta en los más mínimos detalles, la estricta y solemne verdad. Como usted muy bien sabe, hace mucho tiempo que acabó la guerra y, con los años, los recuerdos van degenerando de forma natural. Los recuerdos y los pensamientos envejecen igual que envejece el hombre. Pero hay algunos pensamientos que nunca se erosionan.
Hasta ahora, jamás le había contado a nadie esta historia, aparte de a usted. A los oídos de la mayoría de la gente sonaría a invención disparatada. La mayor parte de la gente ignora y evita las cosas que trascienden los límites de su entendimiento, tachándolas de irracionales e indignas de consideración. ¡Cuánto desearía que la historia que le conté fuera en verdad una invención disparatada¡ He sobrevivido todos estos años aferrado a la endeble esperanza de que se tratara de un error en mi memoria, de una obsesión, de un simple sueño. Me he esforzado mil veces en convencerme de que era una obsesión, un error. Pero, cada vez que intentaba en vano confinar estos recuerdos al olvido, emergían con más fuerza, más vívidos. Han arraigado en mi mente y penetrado en mi carne como una célula cancerígena…
Aún ahora puedo recordar cada uno de los pormenores tan vívida y detalladamente como si hubieran sucedido ayer. Puedo tocar la arena y la hierba y sentir su olor. Puedo ver la silueta de las nubes en el cielo. Puedo sentir incluso el viento arenoso y seco azotándome las mejillas. Si los comparo, los acontecimientos posteriores me parecen una obsesión irreal rayana en la ilusión. El principio de mi vida, de esa vida que puedo considerar propiamente mía, murió en aquellas estepas de Mongolia Exterior donde la vista se perdía sin encontrar obstáculo. Luego perdí el brazo en la terrible contraofensiva frente a las unidades de tanques soviéticos que rompieron la línea fronteriza, padecí un sufrimiento inimaginable en un gélido campo, y ahora vivo solo, cultivando la tierra. Pero todos estos años me han parecido la escena de una ilusión. El tiempo ha pasado sin que yo me percibiera de ello. Mi memoria atraviesa en un instante estos largos años de vacuidad y vuelve directamente a las estepas de Hulumbuir.
Lo que destruyó mi vida, lo que la convirtió en un pellejo vacío, fue aquella luz que ví en el fondo del pozo. Aquel brillante rayo de sol que penetraba directamente hasta el fondo sólo diez o veinte segundos. Aquel rayo que, sólo una vez al día y sin previo aviso, llegaba de repente y se desvanecía al instante. Pero yo, en aquella inundación de luz tan fugaz, vi más cosas de las que pueden verse en toda una vida. Y luego, habiéndolas visto, me convertí en una persona completamente distinta a la que había sido. Han pasado más de cuarenta años, pero todavía no puedo entender con exactitud el significado de lo que sucedió en el fondo del pozo. Lo que voy a contarte ahora no pasa de ser, pues, una mera hipótesis. No tiene ningún fundamento lógico. Pero, de momento, creo que esta hipótesis es lo que más se acerca a la realidad que experimenté.
Había sido arrojado por los soldados mongoles al fondo de un pozo profundo y oscuro que estaba en mitad de las estepas de Mongolia, me dolían las piernas y los brazos, no tenía ni agua ni comida y solo esperaba la muerte. Antes había visto desollar vivo a un ser humano. En esas circunstancias específicas, creo que mi mente había llegado a un estado de concentración tan exacerbado que, cuando brilló aquella luz, fui capaz de descender directamente hasta el núcleo de mi propia conciencia. En todo caso, vi todo lo que allí había. Todo mi alrededor estaba bañado en esa luz brillante. Yo me hallaba justo en el centro de ese chorro de luz. Mis ojos no podían ver nada. Yo estaba enteramente sumergido en luz. Pero allí se veía algo. Algo se perfiló en el interior de esa ceguera momentánea. Algo. Algo vivo. Dentro de la luz, ese algo intentaba emerger, negro como la sombra de un eclipse solar. Pero yo no pude distinguir con claridad su forma. Intentó acercárseme. Intentó ofrecerme una especie de gracia divina. Yo lo esperaba temblando. Pero, fuera porque cambió de parecer, o porque no tuvo el tiempo suficiente, ese algo no llegó. Un instante antes de tomar forma se disolvió y desapareció de nuevo en la luz. Y la luz se fue apagando. Y el tiempo de que brillara llegó a su fin.
Sucedió dos días seguidos. Exactamente lo mismo. Algo empezaba a perfilarse en el chorro de luz y desaparecía luego sin llegar a tomar forma. Dentro del pozo tenía hambre y sed. No era sufrimiento común. Pese a ello, carecía de importancia. Lo que más me hizo sufrir fue no poder distinguir claramente ese algo que vivía en la luz. Era el hambre de ser incapaz de ver algo que debía ver, la sed de ser incapaz de conocer algo que debía ser conocido. Si hubiera sido capaz de distinguir su forma con claridad, no me habría importado morir de hambre y sed. Lo pensé realmente. Hubiera sacrificado cualquier cosa para poder ver su forma.
Pero aquella forma se apartó de mí para siempre. La gracia divina se alejó sin serme concedida. Y, como ya le he dicho antes, tras salir de aquel pozo, mi vida se convirtió en un pellejo vacío. Por eso, poco antes de acabar la guerra, durante la ofensiva del ejército soviético en Manchuria, me ofrecí voluntario para ir a la primera línea del frente. También en el campo de concentración de Siberia procuré ponerme en forma deliberada en situaciones difíciles. Pero no logré morir. Tal como aquella noche había profetizado el cabo Honda, mi destino era volver a Japón y vivir un tiempo asombrosamente largo. Recuerdo haberme alegrado la primera vez que lo escuché. Sin embargo, era casi una maldición. No es que yo no muriera, sino que no podría morir. Tal como dijo el cabo Honda, hubiera sido mejor no haberlo sabido.
Porque cuando se extinguieron la revelación y la gracia divina, se extinguió también mi vida. Todo lo que vivía dentro de mí, y que tenía por tanto algún valor, murió. No quedó nada. Todo ardió dentro de aquella luz violenta y quedó reducido a cenizas. O, tal vez, el calor que emitía aquella revelación, aquella gracia, abrasó el núcleo de mi vida. Quizá no tenía la fuerza suficiente para resistir aquel calor. Por eso no tengo miedo a morir. La muerte física de mi cuerpo para mí representará incluso una salvación. Me liberará para siempre del sufrimiento de ser yo, de esta prisión sin esperanza.
Una vez más me he extendido demasiado. Pero lo que verdaderamente quería que supiera era esto. Soy un ser humano que, en cierto momento perdió su propia vida y ha vivido más de cuarenta años acompañado de esa vida perdida. Como persona que se encuentra en esta situación, creo que la vida es mucho más limitada de lo que piensan las personas que están en pleno proceso vital. La luz brilla durante un limitado y brevísimo espacio de tiempo en el acto de vivir. Quizá sólo unas decenas de segundos. Una vez se ha ido, si has fracasado en el intento de alcanzar la revelación que se te ofrecía, no tienes una segunda oportunidad. Y luego deberás pasar el resto de tus días dentro de una profunda soledad sin esperanza ni remordimiento. En este mundo del crepúsculo, la persona ya nunca podrá esperar nada. Lo único que poseerá serán los restos efímeros de lo que pudo haber sido.
En todo caso, me siento contento de haberle visto y haberle podido contar esta historia. Ignoro si le será de alguna utilidad. Pero tengo la sensación de que hablar con usted me ha producido una especie de consuelo. Es un pequeño consuelo, pero, por insignificante que sea, para mí es tan preciado como un tesoro. No puedo dejar de sentir los hilos del destino en el hecho de que haya sido el señor Honda quien me haya conducido hacia él. Hago votos para que sea usted feliz en el futuro.


Releí la carta otra vez desde el principio y la metí en el sobre.
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami

Liquidación


Era la carta de despedida, la carta de Be a Sara, que ella no me mostró aquel día en la vivienda y que ahora sólo me enseñaba para apartarme de mis planes y obligarme a callar; era lo que le pedía su conciencia:

Sára, se acabó. Se acabó. Sé lo que te hago. Pero se acabó. Se acabó.
Tal vez te escriba estas líneas delirando ya por la morfina. Pero estoy plenamente consciente. Jamás he estado tan lúcido. Estoy irradiando luz, por así decirlo, soy mi propia lámpara.
No creas que no lo siento. Se acabaron nuestras largas tardes que se perdían en lúgubres noches. Se acabaron nuestras “caricias trascendentales” (así las llamábamos, ¿te acuerdas?). Tumbados en la cama como dos hermanos, hermana menor y hermano mayor, o, más bien, como dos hermanas cariñosas que se mimaban. Se acabó nuestro mundo, el cómodo mundo carcelario-así lo veo ahora-que tanto odiábamos. Hoy ya sé que ese odio me mantuvo con vida. La obstinación, la obstinación de sobrevivir.
-¿Y el amor?- preguntarás. Oigo su voz-,¿No cuenta el amor?
Debo desaparecer aquí, con todo cuanto llevo dentro como la peste. Guardo increíbles fuerzas destructivas en mi interior; se podría destruir todo el mundo con mi resentimiento, por expresarme con suavidad y no decir ganas de vomitar.
Hace mucho tiempo ya sólo deseo mi destrucción. Sin embargo, no se produce por sí sola. Tengo que echarle una mano, darle facilidades…
He creado una criatura, una vida frágil y delicada con el único fin de destruirla. Si algo sabes, calla para siempre. Soy como Dios, ese canalla…
Deseo de todo corazón mi aniquilamiento. No sé por qué he tenido que desgranar esta larga vida cuando habría podido suicidarme a tiempo, en una época en que desconocía aún la inutilidad de las luchas y ambiciones. Nada ha tenido ningún sentido; no he conseguido crear nada; el único fruto de mi vida es haber conocido la extrañeza que me separa de mi vida. He estado muerto ya en vida. Abrazabas a un muerto, Sara, en vano tratabas de devolverle la vida. A veces nos veía de lejos, veía tus inútiles intentos y apenas podía contener la risa. Soy un hombre malo, Sara.
Has sido un gran consuelo en este miserable campo de concentración terrenal que llaman vida, Sara.
No lo sientas, he tenido una vida plena. A mi manera. Sólo hay que reconocerlo, y este reconocimiento fue mi vida. Pero ahora se acabó. Ha desaparecido el pretexto para mi existencia, ha desaparecido el estado existencial de la supervivencia.
Ahora habría de vivir como un adulto, como un hombre. Y no tengo ganas de salir de la cárcel, pisar el espacio infinito, donde se disuelve y desintegra mi superflua…
¿No habré querido decir tragedia?
Ridículo.
Me gustaba el verde inagotable de las plantas, me gustaba el agua. Me gustaba nadar; y antes de conocerla a ella, creía que también me gustaban las mujeres.
Viví todo cuanto me estuvo dado vivir. Casi me asesinaron y casi me convertí en asesino. De hecho… Precisamente ahora me estoy preparando para matar.
Me has visto inclinado sobre un montón de papeles. Si algo sabes, calla para siempre. El literato te interrogará. Intenté redactar la…Da igual. No funcionó. No hay nada, nada. No le dejé nada. No hay nada de que hablar. No quiero levantar mi tienda en la feria de la literatura, no quiero exponer mis productos. Son mercancías feas, no están pensadas para manos humanas. Tampoco querría, sin embargo, que las cogieran, las manosearan y las devolvieran con desprecio a su sitio. He concluido mi trabajo, que no pertenece a nadie.
Empiezo a sentirme raro. Es tan bueno llegar al otro lado…Es tan bueno dejarlo todo. Nada tengo que ver ya con ese montón de cosas torturantes y repelentes que soy yo…Gracias por todo…Gracias por el sueño…



Liquidación, de Imre Kertész

viernes, 28 de agosto de 2009

Canciones de mi vida

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Los niños








Se puso en pie y recorrió el espacio con la mirada, desde la mesa hasta la chimenea. Sobre la repisa vio una carta. La cogió y la abrió violentamente; y de pronto el razonable tono de Rose Sellars resonó en la pequeña habitación

Querido mío:

Ayer, después de que te marcharas recibí un radiotelegrama de tía Julia, en el que me pedía que llegase a París lo antes posible, y decidí ir a Padua esta mañana para tomar el Orient Express. Si me he marchado así, sin verte o avisarte o avisarte de que me voy, es porque, pensándolo mejor, me ha parecido que mi pequeño plan ( ya sabes que te lo prometí) necesitaba un par de días de reflexión pausada; por eso, en lugar de contártelo apresuradamente esta mañana, te lo transmitiré por escrito desde París.
Además (lo confieso) quiero mantener intacta la imagen de los días felices que hemos pasado aquí, en lugar de estropearla y manchada por nuevas discusiones, incluso las más cordiales. Sé que lo entenderás. El tiempo que hemos pasado juntos ha sido tan pleno, tan exquisito, que quiero llevar conmigo esa perfección…te escribiré dentro de unos días. Hasta entonces, piensa en mí, si puedes, como yo pienso en ti. Ningún corazón podría pedirle más a otro.



Allí, sobre el acerico, había un sobre escrito con caligrafía pulcra y familiar: la letra de Terry Wheater, que hacía las veces de escribano para los demás cuando sus cartas iban a verse sometidas al escrutinio de los adultos. Boyne abrió el sobre y leyó:

Queridísimo Martin:
Todos te enviamos esta preciosa cuna como regalo de bodas, pues suponemos que te casarás muy pronto y pensamos que la señora Sellars se ha marchado a Paris a encargar el ajuar. Y como has sido como un padre para nosotros confiamos y rezamos para que pronto seas padre de verdad de un motón de preciosos hijitos propios, que dormirán en esta cuna para que te acuerdes siempre de

Estos que te quieren: Judith, Terry, Blanca…



Los niños, de Edith Warthon

jueves, 27 de agosto de 2009

miércoles, 26 de agosto de 2009

El piloto ciego







¿Realmente hay alguien que tiemble si acaricia despacio mi frente o si esconde su mano en mis cabellos? ¿Hay verdaderamente un rostro que se ruborice cuando mi voz confiesa una ternura involuntaria? ¿Hay tal vez un pecho que suspire y se agite si lo acerco o lo estrecho con fuerza contra mi pecho, y unos labios que se vuelvan calientes y suaves si los beso con mis labios?.
¡Piensa, piensa con calma! No me respondas enseguida. No me digas que todo eso es verdad y no estoy soñando. No te apiades de mí. ¡Que nadie se apiade de mí! No permito que nadie me consuele. Mis lágrimas son mías, son de mi propiedad, salen de mi corazón, fluyen de mis ojos. ¿Por qué esta mano me acaricia lentamente para ser bañada por un llanto que es mío?
¿Es posible que alguien quiera aliviar en parte mi dolor? ¿Es posible que alguien me espere con impaciencia, con ansiedad, espiándome desde lejos con los ojos claros, escuchando sin respirar cómo se acercan mis pasos? ¿Es posible que alguien recuerde mis palabras más indiferentes, que mi mirada pueda provocar alegría, mi sonrisa una promesa de alegría, mis gestos una certeza de alegría?
No me respondas todavía. No me digas que todo esto es posible, y que otras cosas que desconozco también lo son. ¡No podría creerlo, no quiero creerlo! ¡Por tanto, piénsalo, piénsalo con calma! ¡Sería un hecho tan sorprendente, tan increíble, quizás nuevo, quizás único! ¡Pero piensa un momento en lo que significaría si fuese cierto!
Otro ser, un ser ajeno a mí que yo no conocía, vive solo para mí, piensa con mi pensamiento, siente con mis sentidos, se atormenta con mis suplicios, goza con mis alegrías, acerca su cuerpo a mi cuerpo, penetra en mi alma con su alma, y me ofrece todo lo que posee, todo lo que va a poseer y todo lo que puedo donarle.
¿Tú crees que puede ser cierto, aunque sea por un instante? Recuerdo, sí, haber apoyado mi cabeza en su hombro, y haber estrechado sus frágiles manos dibujadas por sus venas, y haber besado tantas veces su boca, y haber escuchado horas enteras la música tenue de su aliento. ¿Pero todo esto qué prueba? ¿Era realmente yo mismo, en persona, en aquellos momentos? ¿Y ella quiso decir realmente lo que yo quise entender en la inconsciencia de una felicidad efímera?
No sonrías, no sacudas la cabeza, no respondas ni siquiera un sí, por favor. Tú sabes bien que todo esto es una sutil trama de imaginaciones tejidas por las blancas manos del ocio….


Párrafo extraido del relato de la página 83 titulado
¿por qué quieres amarme?

martes, 25 de agosto de 2009

Música de playa











Querido Jack:
No tendría que acabar así, pero ha de ser, amor mío, te juro que ha de ser así. ¿Te acuerdas de la noche en que nos enamoramos, la noche en que la casa cayó al mar y descubrimos que no podíamos apartar las manos el uno del otro? Entonces no podíamos imaginarnos amando a nadie más, por la intensidad del fuego que encendimos aquella noche. ¿ Y te acuerdas de aquella noche en Roma que concebimos a Leah en la cama del último piso del hotel Raphael? Esa fue la mejor para mí, porque los dos queríamos un hijo. La mejor porque transformamos toda la lectura y la desesperación e nuestras vidas en algo que era signo de esperanza entre los dos. Cuando tú y yo nos amábamos, Jack, podíamos hacer arder el mundo con nuestros cuerpos y que renaciera en su perfección.
No te había dicho por qué os dejé a ti y a Leah, pero te lo digo ahora. Es otra vez la locura. Y esta vez no puedo luchar contra ella. La señora ha vuelto. La señora de las monedas ha vuelto, la mujer de que te hablé cuando éramos unos adolescentes. De niña sólo vino a mirarme y a apiadarse, pero esta vez fue cruel. Esta vez hablaba con las voces de los alemanes y me escupía por ser judía. De niña, Jack, no podía sportar lo que habían sufrido mis padres. Su dolor me afectaba como nada en la vida ha podido afectarme. Despertaba cada mañana a su angustia callada, a su guerra con el mundo que jamás las palabras podrían expresar. Llevaba su dolor dentro de mí como un niño. Lo absorbía, me alimentaba de él, le dejaba cabalgar mi sangre con esquirlas y puñales. Nunca he sido bastante fuerte para superar la terrible historia de mis padres. Lo que ellos soportaron me tortura, me conmueve, me hace enloquecer de desesperación.
Ahora la señora de las monedas me llama, Jack, y no puedo resistir su voz. No tengo monedas cosidas en los botones del vestido para comprar mi huida ni pagar a nadie. Los campos de concentración me llaman, Jack Mi tatuaje es reciente y el largo viaje en vagones de ganado llegó a su fin. Sueño en el Zyklon B. Tengo que seguir la voz, y cuando salte del puente, Jack, estaré yendo a las fosas de los cuerpos hambrientos y martirizados de seis millones de judíos, y arrojándome entre ellos porque no puedo evitar su acoso. Los cuerpos de mi madre y de mi padre yacen entre esos judíos asesinados, y ni siquiera tuvieron la suerte de morir. En estas fosas, que siempre he soñado que eran mi verdadero hogar, ocuparé el lugar que me corresponde por derecho. Seré la judía que les arranca los dientes los dientes de oro a los muertos, la judía que ofrece su escuálido cuerpo para que hagan con él el jabón que lavará a esos soldados del Reich que combaten en el frente ruso. Es locura, Jack, pero es real. Siempre ha sido lo más auténtico de mí y suplico tu perdón.
Pero, Jack, querido Jack, mi buen Jack, ¿cómo puedo dejaros a ti y a Leah? ¿Cómo le explico a la señora de las monedas el amor que siento por los dos? Pero no es mi amor lo que busca, sino mi vida. Su voz es cautivadora en su mortal ternura, y la señora conoce bien su oficio. Sabe que no puedo amar a nadie si mi país es el país de los torturados, los obsesionados, los que lloran y los vencidos.
Es lo mejor, Jack, lo mejor para mí. Cuando ya no esté, háblale de mí a Leah, por favor. Cuéntale las cosas buenas. Cuídale bien. Quiérela por los dos. Adórala como yo hubiera hecho. Busca la madre que llevas dentro, Jack. La llevas dentro y es buena madre, y cuento contigo para que la encuentres y la respetes y críes a Leah con la parte más dulce y tierna que hay en ti. Haz el trabajo que me correspondía a mí, Jack, y no dejes que nadie te lo impida. Honra mi recuerdo con la adoración de nuestra hija.
Y Jack, querido Jack, algún día conocerás a otra mujer. Yo ya quiero a esta mujer y la aprecio, y la respeto, y la envidio. Tiene a mi dulce hombre, y yo me habría enfrentado a cualquier mujer del mundo que intentara separarte de mi lado. Díselo y háblale de mí.
Te estoy esperando, Jack. Te estoy esperando en la casa que el mar se llevó la primera noche que nos amamos, cuando supimos que nuestros destinos se habían unido. Ámala bien y fielmente, pero dile que estoy preparando la casa para tu llegada. Ahí es donde te espero ahora, Jack, mientras lees esta carta. Está en l fondo del mar y hay ángeles que flotan por sus rincones y se asoman tras los armarios. Oiré tu llamada en la puerta, y abriré, y te arrastraré a la habitación en que bailamos con la música de la playa, nos besamos tendidos en la alfombra y te desafié a que me amaras.
Cásate con una buena mujer, Jack, pero no tan buena que después no quieras volver conmigo a nuestra casa en el fondo del mar. Espero que sea guapa y que quiera a nuestra hija tanto como yo la habría querido. Pero dile que no renuncio a ti por completo, Jack. Le permito que te tome prestado por un tiempo. Me voy, pero estaré esperándote, querido, en la casa que el mar se llevó.
Te lo ordeno, Jack, en el último grito de mi alma y de mi imperecedero amor por ti: cásate con una mujer fabulosa, pero dile que soy yo quien te acompañó al baile. Dile que tienes reservado el último baile para mí.
Amor mío
Shyla.

Música de playa, Pat Conroy

lunes, 24 de agosto de 2009

Diarios

















(una carta sin enviar)

En mi opinión tus cartas no son sinceras; nunca he creído lo que decían. La gente no escribe cosas así; o creen que lo hacen o las leen en los libros. Pero la vida real transcurre en otro nivel.
Aunque no estuviera enferma me retiraría del mundo porque odio la falta de sinceridad. Hace que me sienta tremendamente incómoda e infeliz. Podría haber contestado tu carta en tu misma línea y haberla "aceptado", sabiendo tú que yo la aceptaba y sabiendo yo que tú lo sabías; pero no hubiera durado mucho. Se hubiera convertido en otra relación sin salida. ¿En qué nos hubiera benificiado a cualquiera de los dos?
Verás, para mi, la vida y el trabajo son indivisibles. Solo siendo veraz en la vida puedo ser veraz en el arte. Y ser veraz en la vida supone ser buena, sincera, simple, honesta.
Pienso que tal vez otras personas te han dado una idea equivocada de mí.
Me gusta querer solo a mis amigos. No tengo tiempo para nada menos valioso. La amistad es es una aventura; pero ¿estamos de acuerdo en el significado de la palabra "aventura"? ¡Es muy importante que lo estemos¡ Es ahí donde creo que nos enfrentaríamos. Si tú montaras en nuestra barca, ¿nos habríamos entendido?
No debes pensar que tengo "prejuicios" o soy justa. No lo soy. Sigo deseando que hubiera sido posible; pero no puedo y no voy a pretenderlo. Intentemos antes que nada saber dónde estamos. Intentemos ser abiertos el uno con el otro y no ocultar nada.
Katherine Mansfield





















Me gusta tu olor.
Ese olor que desprendes y me impregna cuando beso el lado derecho de tu cuello.
Ese olor que te hace distinto y único.
Cuando estoy muy cerquita de ti y te beso ese perfume suena a música de Chopin.
Y ni te imaginas cuanto me gustaría poseer un don especial para capturarlo y guardarlo en un diminuto frasquito, al que solo yo tuviera acceso para abrirlo.
Lo utilizaría en esos días en que mi alma empieza a temblar de frio, en esos días en los que sentir un abrazo tuyo es indispensable para curame de la hipotermia de la que soy presa.

sábado, 22 de agosto de 2009

Dinero






Esto es la carta de un suicida. Cuando hayan terminado ustedes de leerla (y esta clase de cartas hay que leerlas despacio centrando la atención en las claves, en los detalles delatores), John Self habrá dejado de existir. En cualquier caso, la idea es ésa. Pero con las cartas de los suicidas nunca sabe uno a qué atenerse, ¿no es cierto? Si consideramos todo el conjunto de la vida planetaria, hay más cartas suicidas que suicidas.En este sentido son como los poemas: casi todo el mundo intenta alguna vez escribir una carta de suicida, tanto si tiene talento para escribirla como si carece de él. Todos nosotros las escribimos mentalmente. Por lo general, lo que importa es la carta. La terminamos, y luego continuamos nuestro viaje a través del tiempo. Lo que queda suspendido no es la vida, sino la carta. O al revés: la muerte. Pero con las cartas de los suicidas nunca sabe uno a qué atenerse, ¿no es cierto?
¿A quién está dirigida la carta? ¿A Martina, a Fielding, a Vera, a Alec, a Selina, a Barry...a John Self? No. está dirigida a ustedes, los que están ahí fuera, queridos, amables lectores.
M.A.
Londres, septiembre de mil novecientos ochenta y uno

Dinero, de Martin Amis

jueves, 20 de agosto de 2009

Los monederos falsos




Edouard se saca del bolsillo de la chaqueta la carta de Laura, la misma carta que ya ha leído una y otra vez durante la travesía. Y vuelve a leerla:

Querido amigo:
La última vez que le vi-fue, como recordará, en St. James Park, el dos de abril, la víspera de mi partida para el Mediodía de Francia-, me obligó a prometerle que le escribiría si me veía en algún apuro. Cumplo mi promesa. ¿A quién otro que a usted podría invocar en este momento? Aquellos en quienes querría poder apoyarme son a quienes más debo ocultar mi desdicha. Porque ha de saber usted, amigo mío, que me encuentro en un tremendo aprieto. Lo que ha sido de mi vida desde que me separé de Félix, quizá se lo cuente algún día. Me acompañó a Pau y regresó solo a Cambridge, donde sus clases le reclamaban. Lo que de mí ha sido allá, sola y abandonada a mí misma, a la convalecencia, y a la primavera…¿Me atreveré a confesarle a usted lo que soy incapaz de decirle a Félix? Ha llegado el momento en que debería reunirme con él…Pues bien; no soy digna de hacerlo. Las cartas que le escribo desde hace algún tiempo son una pura mentira, y las que recibo de él no hablan más que de su alegría al ver que cada vez estoy mejor. ¡Ojala nunca me hubiera curado¡¡O que me hubiera muerto allí¡…Amigo mío, no he tenido más remedio que rendirme a la evidencia: estoy encinta; y el niño que espero no es de él. Hace ya más de tres meses que nos separamos; de todas formas, a él por lo menos no sería capaz de engañarle. No me atrevo a volver a su lado. No puedo. No quiero. Seguramente me perdonaría; pero es que yo ni me merezco ni deseo que me perdone. Tampoco me atrevo a volver a casa de mis padres, que me siguen creyendo en Pau. Mi padre, si se enterara, si se diera cuenta de lo que ha pasado, me maldeciría, me arrojaría de casa. ¿Cómo voy a afrontar su virtud, su repugnancia hacia el pecado, hacia la mentira, hacia todo lo que es impuro? También tengo miedo al disgusto que les daría a mi madre y a mi hermana. Y en cuanto a aquel que… Mas no pretendo acusarle; cuando me prometió ayudarme, estaba en condiciones de hacerlo. Pero para conseguir medios de prestarme una ayuda mayor, se puso a jugar. Y perdió el dinero que hubiera servido para mantenerme y para el parto. Lo ha perdido todo. Al principio pensé marcharme con él a donde fuese, vivir con él, al menos por algún tiempo, pues no quería crearle dificultades ni suponerle una carga; ya habría terminado por encontrar alguna manera de ganarme la vida; pero de momento, me es imposible. Me doy cuenta perfectamente de que le duele abandonarme, pero también de que no puede proceder de otra forma; tampoco le acuso de que me deje, pero el caso es que me deja. Estoy aquí sin dinero. Vivo de fiado, en un pequeño hotel. Pero esto no puede durar. No sé qué va a ser de mí. ¡Ay¡ Un camino tan delicioso sólo al abismo podía conducir. Le escribo a usted a las señas de Londres que me dio, pero cualquiera sabe cuándo le llegará la presente. ¡Con las ganas que tenía yo de ser madre¡ Me paso todo el día llorando. Aconséjeme; ya no puedo esperar nada de nadie más que de usted, Socórrame, si le es posible, y si no… ¡Ay¡ en otra época, habría tenido más valor; pero ahora no sería yo sola quien muriese. Si no viene usted, si me escribe:” No puedo hacer nada”, no tendré el menor reproche que hacerle. Al decirle a usted adiós, trataré de no lamentarme demasiado de la vida, aunque creo que nunca se ha dado usted demasiada cuenta de que la amistad que me profesó sigue siendo lo mejor que la vida me ha proporcionado…y de que lo que yo llamaba mi amistad hacia usted en mi corazón tenía un nombre distinto.
LAURA FELIX DOUVIERS
P.D. Antes de echar esta carta, voy a verle a él por última vez. Le iré a esperar esta noche a su misma casa. Si llega a recibir usted la presente, será porque verdaderamente…¡Adiós¡¡Adiós¡ Ya no sé lo que digo.



Los monederos falsos, de Andre Gide

Tarde de verano


















Hacía una tarde tan estupenda que la sobremesa se alargó sin apenas darnos cuenta.
Recuerdo que conversamos sobre muchas cosas.
Recuerdo que habíamos comido ensalada de pasta y de postre helado de café
Recuerdo a mi perro, duermiendo junto a mi sillon de mimbre.
Recuerdo como si fuera ahora mismo que me hablabas sobre lo increiblemente hermoso que era todo lo que nos rodea, sobre la felidad que sí existe, sobre lo afortunados que somos, también de la magia que rodea a algunas personas... recuerdo que me preguntabas qué opinaba yo sobre todo ello.
No recuerdo que respondiste a mi respuesta, pero es que soy así.
Claro que se de qué me hablas, claro que te creo, pero es que todavía no lo he visto.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La mujer silenciosa.-Mónika Zgustova



Después, un día, recibí una carta. hace medio año. Alguien me buscaba. Un hombre me buscaba.Le respondí con aspereza, no quería que comprendiera lo que pasaba en mi interior. Y recibí su respuesta:
Querida Sylva:
¡Me alegra mucho que haya contestado a mi carta! Me hace pensar que usted también se acuerda de mí y de la felicidad que compartimos hace tiempo. "Querido", esta manera tan habitual de dirigirse a una persona suena maravillosa salida de sus labios, mejor dicho, de su pluma. Mientras leía la palabra sentí un calor físico.
Ha mencionado los recuerdos. Por mi parte le aseguro que los momentos que pasé con usted fueron los más hermosos de todo cuanto he vivido hasta ahora. Entonces pensaba que siempre estaría tan bien como en esos momentos.
¿Recuerda aún el regalo que me ofreció? ¿Quizá no? Se lo recordaré yo: una tarde, en un café, el Café Louvre que hay en el centro de Praga, yo admiraba su guante encaje negro y a usted que jugaba con él. Durante muchos años lo he guardado. Siempre que sentía el deseo,sacaba su larguísimo guante de encaje negro con los dedos manchados de sangre y lo extendía ante mí. Siempre que veo aquel encaje negro salpicado de sangre seca, la siento a usted, Sylva, la veo y la siento cerca de mí.
Me gustaría estar informado de más detalles de su vida y, naturalmente espero volver a verla. Iré a buscarla donde sea desde cualquier parte del mundo.
No vuelva a desaparecer. Se lo suplico de todo corazón.
Suyo
Arbol viejo

P.S. El árbol viejo ya no tiene ramas ni hojas, pero de todos modos el viento de la primavera ha removido sus raices y han brotado flores


En cuanto leí estas palabras, en el jardín de mi vejez despuntó una flor blanca.

La mujer silenciosa de Mónika Zgustova

martes, 18 de agosto de 2009

Esta historia.- Alesandro Baricco




En el bolsillo llevaba una carta, eran muchos los que la llevaban. Era la última carta, esa que nunca enviaban, pero que siempre llevaban encima. Después de su muerte sería abierta por las manos temblorosas de una madre, o de una novia, en la penumbra de un comedor, o de camino, bajo un sol absurdo. Era la voz que se imaginaban dejar tras de sí. La suya decía,ordenadamente como sigue:
Padre, os doy las gracias. Gracias por haberme acompañado al tren,el primer día de guerra. Gracias por la maquinilla de afeitar que me regalasteis.Gracias por las jornadas de caza, por todas. Gracias porque nuestra casa era cálida, y los platos no estaban desportillados. Gracias por aquel domingo bajo el haya de Vergezzi. Gracias por no haber levantado nunca la voz. Gracias por haberme escrito cada domingo desde que estoy aquí. Gracias por haber dejado siempre la puerta abierta cuando me iba a dormir. Gracias por haberme enseñado a amar los números. Gracias por no haber llorado nunca. Gracias por el dinero metido entre las páginas del manual. Gracias por aquella velada en el teatro, vos y yo, como principes. Gracias por el olor de las castañas, cuando regresaba del colegio. Gracias por las misas al fondo de la iglesia, siempre de pie, nunca de rodillas. Gracias por haber llevado el traje blanco, y por la melancolía. Gracias por este nombre que llevo. Gracias por esta vida que aferro. Gracias por estos ojos que ven, estas manos que tocan, esta mente que comprende. Gracias por los días y por los años. Gracias porque éramos nosotros. Gracias mil veces. Para siempre

Esta historia, de Alesandro Baricco

viernes, 7 de agosto de 2009

Spiritus, de Isamil Kadaré












Hace tiempo que leí este libro, si no recuerdo mal fue allá por el año 2005, desde ese momento tanto autor como libro han pasado a formar parte de mi lecturas de culto, aquellas que guardo como un preciado tesoro.
No creo que sea un libro fácil de leer, es denso, espeso y con una riqueza de vocabulario increible, pero merece la pena tener unos ratos de concentración y adentrarte en esta historia.

Empieza con la llegada de una comisión para la investigación de unos expedientes judiciales.
A partir de ahí te adentras en una escalofriante historia de personas desaparecidas, suicidios, exhumación de cadáveres, cintas grabadas, etc. o sea,todos los mecanismos que se emplean en el terror sicológico durante una dictadura.
Hay gente que a medida que pasa el tiempo no quiere recordar y otros que no optan por no olvidar todo el horror por el que pasaron.
El libro muestra de todo lo que es capaz una dictadura con tal de controlar a todas las persona y el deseo de dominar a un mundo desideologizado y desmemoriado.
En toda la novela está presente la policia albanesa llamada sigurimi y todos sus dirigentes.
También está presente la obra "La Gaviota", de hecho con esta obra empieza realmente la historia de los personajes del libro.
Los personajes:

SHEPEND GURAZIU. Su error es enamorarse de la actriz principal y hacer un favor a un amigo.

EDLIRA. Su error no corresponder al amor de un dirigente del partido llamado Arian Vogli.

SKENDER. Su error ser amigo se SHEPEND GURAZIU y pedirle un favor, además, interesarse por el espiritismo.

CAPELLAN. Su error celebrar un bautismo.

SUZANA K. Actriz enamorada de SHEPEND GURAZIU.

Yo os la recomiendo, a partir de esta novela me convertí en una incondicioanl de todos los libros de Ismail Kadaré.

martes, 4 de agosto de 2009

Balanceo


Antes de ayer recibí una invitación para asistir a una función del circo que durante estos días está actuando cerca de donde yo vivo.
No me apetecía demasiado, pero insistió tanto la persona que me invitaba que no pude negarme y acepté.
Nunca me ha gustado el circo y lo sabe, pero esta vez, según él se trataba de una función totalmente distinta a lo que hasta ahora yo había visto .
Dijo que me pusiera ropa cómoda y así lo hice. A la hora acordada sonó el timbre de mi puerta, no tuvo ni que entrar, pues sabiendo que le gusta la puntualidad hacía ya un ratito que le esperaba sentada en un sillón que está junto a la ventana del salon.
Llegamos temprano, así pudimos entrar tranquilamente y acomodarnos un poco a nuestro antojo.
Debo reconocer que iba con la idea preconcebida de que me aburriría enormente.
Empezó el espectáculo, no estaba mal, fueron pasando los minutos, mi pensamiento y yo estabamos a kilómetros de la pista y de los artistas.
No recuerdo en qué momento levanté la vista y mi mirada quedó clavada en los trapecistas, observando cómo se balanceaban, suave y tranquilamente, sin miedo alguno a caer aunque no había ninguna red debajo de ellos.
Me dije, si no es así como voy con mi vida. Así es mi mundo, totalmente al revés, irreal, mi alma está en continuo balanceo y tampoco tengo ninguna red por si caigo, aunque no creo que la necesite por ahora.
La función continuaba y yo seguía ensimismada con en el juego de manos de los artistas.
Y pensaba cuan importante y vital es que esas manos se encontraran, se entrelazaran entre si.
Manos que se juntan en otras manos y al sentirse unidas hacen que no sientas miedo.
Manos que hacen volar corazones en el espacio, sin pensar en el riesgo que corremos si llegan a aflojarse y dejan de sostenernos.
Así permanecí durante no se cuanto rato, observando y pensando en lo importante que es arriegarnos para llegar al lugar con el que soñamos .
Quizá con un poco de astucia podamos engañar al destino, y mientras nos balanceamos viajando en nuestro propio mundo llegemos antes que él.

lunes, 3 de agosto de 2009

Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal













Una soledad demasiado ruidosa fue escrita en el año 1976 cuando el autor contaba con 62 años de edad y de ese libro dijo :
He vivido solo para escribir este libro"
En el se tratan temas como el tiempo, la vejez...
Su protagonista es un borracho que prensa papel viejo en un sótano cerca de las cloacas por donde se pasean miles de ratas.Por estar tanto rato en contacto con los libros que allí tiran, Hanta, que es el protagonista se descubre como una persona culta a pesar de todas sus circunstancias que le han tocado vivir, el tener este contacto diario con los libros le da sentido a su existencia, de todo esto él crea belleza.
En un momento del libro el protagonista dice :"Yo soy al mismo tiempo el artista y el único espectador y por eso cada dia termino cansado, agotado y transtornado y para moderar y disiminuir ese terrible desgaste de mi mismo, me tomo una jarra de cerveza tras otra y por el camino de la taberna Husensky tengo tiempo suficiente para meditar y soñar con el aspecto, con la belleza de mi próxima bala de papel".....
Si os gusta una buena novela, no la dejeis escapar.
Todo el libro es una sucesión de párrafos geniales y dignos de ser subrayados.
Hanta jamás olvida algunas frases que lee en esos libros y a partir de esas frases hace reflexiones sobre la vida, la soledad, la evocación, etc.
"Si supiera escribir, haría un libro sobre la mayor suerte y la mayor desgracia de los hombres. Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera, sino porque va contra el sentido común."
"Camino entre entre el bullicio de la calle sin cruzar en rojo , yo puedo andar sin ser consciente, medio adormilado, en el umbral de la conciencia, en una especie de inspiración subterranea, la imagen de cada una de las balas que he comprimido ese día se va apagando suavemente, tiernamente, dentro de mi, tengo la sensación física de ser yo también, un paquete de libros prensados, de que mi interior arde una pequeña llama como la de un calentador o de una nevera de gas, una lucecita que nunca se apaga...."
Bueno pues decir que son 160 páginas tan espléndidas y tan maravillosas que te dejan sabor a poco, cada una de ellas me ha dejado casi sin respiración, hacia tiempo que no disfrutaba tanto de una lectura.
Tiene un final inesperado para mi, un tanto trágico pero coherente.
"......Paro el movimiento de la prensa, me preparo un nido, una cama dentro dentro de la prensa; aún soy algo, puedo llevar la cabeza bien alta, no tengo motivos para avergonzarme de nada; como Séneca cuando entró en la bañera, meto dentro un pie, el otro resbala pesadamente, para probarlo me encojo como una bola, entonces me arrodillo y pulso el botón verde, y vuelvo a enroscar en mi pequeño nido dentro de la máquina, en medio de papel viejo y libros, aprieto firmemente con las manos a mi Novalis con el dedo puesto sobre la frase que siempre me ha llenado de entusiasmo, sonrío dulcemente porque empiezo a parecerme a Maruja y su ángel, empiezo a entrar en un mundo donde no he estado nunca, me apoyo en el libro, en la página que dice...Cada objeto amado es el centro del paraiso terrenal...y yo antes de empaquetar papel blanco en la imprenta de Melantrich, yo, como Séneca, como Sócrates, yo, en mi prensa, en mi cueva, he escogido mi caída que no es sino mi ascensión..."

Los últimos testigos, de Cynthia Ozic




La novela se centra en los años treinta con la amenaza nazi sobre toda Europa.La familia Mitwisser marcha de Alemania para exiliarse en Nueva York, el señor Mitwister es el patriarca y un erudito especializado en una remota secta judia, su esposa Elsa había sido una gran física, pero ahora vive encerrada en su habitación, la casa está gobernada por la hija de 16 años llamada Annelise, Rose Meadows entra a trabajar en esa casa a las órdenes del patriarca, mas trade surge otro siniestro personaje llamado James A'bair que es el benefector de la familia...

Como ya he puesto en la primera reseña la historia se centra en un matrimonio alemán, él un estudioso de antiguas religiones mas exactamente de los caraitas, ella es una reputada cientifica. El matrimonio lo compone de cinco hijos, cuando llega el momento y ante la amenaza nazi deben huir de su país, unos cuáqueros los trasladan hasta Nueva York.
Ponen un anuncio en el periódico para contratar a álguien que ayude en la casa. Rosie es una chica huerfana de dieciocho años que contesta al anuncio, después de morir su padre y vivir una temporada en casa de su primo decide que ya es hora de buscarse la vida en solitario.
James es un chico que a los ocho o doce años por casualidades de la vida su padre le hizo famoso dibujandolo en un libro para niños, durante toda su vida se siente atrapado por ese personaje incluso cuando llega a adulto y se hace millonario.
Bertram es el primo de Rosie, es una buena persona pero muy blanda, que se deja llevar, se enamora de Miriam una sindicalista que juega con el a su antojo, cuando se cansa y no le hace falta lo abandona.
Analisse es la hija mayor, ella no va al colegio, tanto es el terror que siente debido a los últimos dias que pasó en Alemania y se sentía rechazada, debido a un golpe que le dio su porfesora le atrofió la mano.
Elsa, la esposa que es física esconde un secreto....aunque tarde o temprano todos los secretos se descubren, y más si ese secreto no eres la única que lo conoce...
Con todos estos personajes se construye una trama magnífica de 400 y pico de páginas, pero que vas engullendo hasta que acabas con el libro.
En el transcurre de todo, amores, pasiones, deseos, amistad, tedio..... Hay gente que no es feliz porque no posee ni un céntimo y personas como James que no son felices debido a su inmensa fortuna. Un final inseperado y que te deja entusiasmada.
¡¡¡Qué buen libro!!!