martes, 3 de febrero de 2009

Tenía que escribirte

[por Gaviero]
La tarde se va haciendo más desapacible con la llegada de la noche, la lluvia cae, ahora más suave, produciendo un acompasado golpeteo sobre el alféizar de la ventana. Miro a través de los cristales y percibo como la bruma se va aposentando sobre las formas, poco perceptibles ya, de la cercana costa.

El interior de la estancia en la que estoy también empieza a estar dominado por la oscuridad, apenas puedo percibir nada por lo que prendo la lámpara que hay sobre mi mesa de trabajo. Me encanta utilizar esta expresión en lugar de encender la luz, no hay comparación. Abro mi cuaderno, desenrosco el capuchón de la estilográfica y me dispongo a rasgar las primeras letras sobre la página en blanco.

Me quedo unos instantes subyugado por las notas del piano que surgen envolventes del reproductor de mp3, es el nocturno Op. 9 Nº 2 de Chopin interpretado por la increíble Maria Joao Pires. Con el espíritu aún conturbado por la música comienzo a escribir:


Querida, hoy más que nunca pienso en ti, necesito hacerte llegar, aunque sea en pocas palabras, los recuerdos que conservo de ti; los momentos pasados en tu compañía, las sensaciones al leer tus cartas, al oír tus historias, al soñar juntos algo qué, aún sabiendo que no se realizaría nunca, lo disfrutábamos ambos como si viviéramos el momento; es más, creo que fueron muchas veces las que nos sentimos físicamente, fuimos conscientes del deseo del uno por el otro, sentimos el roce de nuestras pieles, nos inundamos con nuestros aromas, siempre te dije que me gustaba tu olor. Y estos últimos días me ha explotado el pecho, me ha desbordado tu presencia, tu recuerdo, tu ensoñación. Por eso, sólo por eso, tenía que decírtelo. Se que no estoy en tu vida, que en tus sueños no aparezco, pero no importa, en los míos continúas, te reinvento cada noche, te hablo, te cuento, y te sigo deseando, pero ya no te busco, te encontré y resultó que tu, mi desconocida, cada día lo eres más.


La música se desvaneció terminó el Nocturno, cierro el cuaderno, enrosco el capuchón a la estilográfica y poniéndome de pie me acerco nuevamente al ventanal. Ya no llueve tampoco, las nubes parecen correr por el cielo empujadas por un viento fuerte, y al fin la veo, la luna, más llena que nunca tiñe de azul la noche recién estrenada. Cierro los ojos, inspiro profundamente y una gran calma me inunda.


Soy feliz.