viernes, 19 de diciembre de 2008

Abuela.

[por Anjanuca]
Querida abuela,

Como casi todos los años por estas fechas, hoy de nuevo he vuelto a sonreír al acordarme de ti.

Ya sabes por qué ¿verdad? Si, otra vez la dichosa conversación para convencerme de que la Navidad es puro consumismo y que lo de los Reyes Magos es sólo porque “sino el niño se va a sentir desplazado por sus amigos”. ¡Ay, abuela! Cada vez me cuesta más aguantarme la risa.

¿Te acuerdas del día en que perdí la inocencia infantil, que no la ilusión, y ya supe lo que ocurría? Yo no me explicaba cómo abuelo y tú podíais permitiros co vuestra miserable pensión los regalos de veintidós nietos. Y tú me prometiste revelarme el secreto a condición de que te ayudase ese año. Y la curiosidad me pudo, y me presté voluntaria.

Tenías un presupuesto para cada nieto pequeño e inocente y otro para los que ya no éramos tan inocentes pero continuábamos con ilusión.

Dos meses antes de la fecha fuiste con abuelo un fin de semana a Valencia, a una fábrica de juguetes donde compraste las muñecas desnudas y sin caja, y los camiones, puzzles, arcos y flechas, placas del sheriff… Cuando volvisteis a casa me llamaste y me dijiste: “mañana empezamos a trabajar”.

Al día siguiente y durante los días que faltaban hasta el seis de enero, aprovechabas los ratos en que estábamos en el colegio para hacer jerseys de lana, faldones, pañales, camisitas, vestido de repuesto, para las ocho muñecas que había ese año. Compraste unos capazos de mimbre en un mercado y fabricaste los colchones, cosiste las sábanas, tejiste las mantas y las toquillas. Yo te ayudaba, como prometí, cuando regresaba del colegio. Mi tarea, poner los lazos en los jerseys y en los capazos, planchar la ropita, vestir las muñecas para que estuviesen bonitas, colocar cada una en su capazo y hacer un paquetito con cada ajuar. Los demás regalos los envolvíamos juntas. Cada año de una forma diferente.

Para los nietos mayores le dabas a cada madre mil pesetas por hijo, pero con la condición de que comprase lo que tú tenías pensado. Ya estabas cansadita y el ajetreo de las tiendas y la multitud te agotaban. Y nuestras madres te ayudaban llenas de ilusión.

Siempre acertabas con lo que quería. Sabías que mi pasión era leer y escribir y un año llegaba un libro, otro una preciosa caja de madera para guardar mis bolis, lápices, gomas y sacapuntas, otro año un precioso libro de tapas de papel reciclado pintado a mano con las páginas en blanco … Aún conservo tus regalos.

El día cinco, por la tarde, tu casa era un ir y venir de nietos e hijos que iban a dejar el zapato en el salón. Y el día seis…el día seis era el día de la ilusión, los nervios, los gritos, los llantos de emoción imposible de contener, de "¡Lo que yo quería!". Y había que madrugar, porque si llegabas el último encontrar tu zapato y tu regalo era un sufrimiento. Entre tantos envoltorios, lazos, cajas, tu zapato no aparecía y cuando, por fin, lo hacía el que no estaba era el regalo. Alguien, con el barullo, lo había separado. Angustioso. Había que madrugar.

No hace falta que te diga que provocaste tanta ilusión y tantos nervios que impedían dormir la noche anterior, que has conseguido que hoy todos tus hijos y tus nietos sigan con la tradición. Lo único que ha cambiado es que ahora ya no estás y las muñecas se compran vestidas, pero seguimos saliendo al balcón con los más pequeños para ver la estrella de los Reyes (y hay quien la ve todos los años), limpiamos los zapatos antes de ponerlos, cenamos pronto y a la cama. Y seguimos sin poder dormir porque los nervios nos lo impiden.

Pues eso, abuela, que no veo yo cual es el problema de ser consumista. Tú lo fuiste y mira ahora el resultado. Jajaja.

Te quiero.