martes, 11 de noviembre de 2008

Carta XXVIII

[Por 1452]

Carta XXVIII

Es desalentador ver, cómo lo que has estado edificando con tus propias manos, día tras día, se pierde. Es terrible sentir, que la confianza puesta en otro se ve defraudada. Duele constatar, que esa persona que tienes frente a ti, no es la misma persona que tú imaginabas que era. Y esto ocurre tan sólo, porque depositamos demasiadas expectativas en otras personas, demasiadas.


El viaje de la vida es un viaje solitario, puede que por momentos, nos encontremos con otros viajeros en nuestro camino, que permanecen un lapso de tiempo a nuestro lado (o nosotros al suyo), predefinido ya de antemano, aunque desconocido para nosotros y para ellos, pero no es más que eso, un cruce de caminos; el tuyo sigue hacia donde debe, el de ellos también.


Hoy te he mirado a los ojos y no eres el que yo creía. De repente, la venda ha caído a mis pies, y la claridad ha dañado mis ojos. La venda me la puse yo, con algo de ayuda por tu parte.


¿Por qué siempre las personas cuando les interesa otra intentan mostrar su mejor lado? Es una costumbre que yo he conseguido desechar con el tiempo, quien entra en mi vida, quien entra en serio, ha pasado antes por un pequeño infierno, ¿por qué? Porque muestro mi peor cara abiertamente. No quiero a nadie a mi lado que no sepa vivir mi peor parte… la buena saben vivirla todos, es sencillo. Es por ello que yo tampoco quiero vivir únicamente la buena parte de otro, quiero el infierno de otro, el cielo puedo conseguirlo yo sola, pero no es el cielo lo que quiero.


Ha sido pavoroso “verte”. Incluso me he asustado. Y no sabría decir, si ha sido por el dolor de que no eres quien yo creía, o por el dolor de saber que quiero a alguien que no parece existir… no lo sé.


Tengo una idea demasiado elevada de ciertas cosas, y por eso, nunca nadie ha conseguido llegar realmente hasta mí. En el camino hacia mi encuentro, en determinado momento, se ha elevado un muro: a un lado yo, condenada; del otro, los condenados, a salvo. Quizás estoy buscando algo que no existe, y me empeño una y otra vez en ello, a pesar de que la vida me va dando una negativa tras otra.

Hace muchos años que ni siquiera me atrevo ya a acercarme a otro, que no dejo que averigüen lo que se esconde tras de mí. Me he cansado. Posiblemente, los restantes treinta y cuatro años de vida que me quedan, seguirán siendo así: yo encaramada a una torre, mirando de lejos el ir y venir de personas, que llamarán a la puerta, pero para las que no estaré. No realmente. En mi hogar se ofrece alimento, descanso y consuelo, pero no intimidad, no confianza, ya no. Aunque en realidad, nunca he conseguido confiar en nadie completamente, ni siquiera en mí, a veces. Y hoy, después de otro golpe, me aferro más a mí misma, y subo otro piso más en mi torre.


Al fin y al cabo, por qué lamentarse, soy una mujer afortunada, poco a poco, me estoy enamorando de la soledad.

Quizás es a ella a quien he estado buscando desde siempre.

Quizás es ella la que desde siempre me ha estado buscando a mí.