viernes, 21 de noviembre de 2008

Carta XXIX

[Por 1452]

Carta XXIX

He escrito tantas cartas para otros, reales, imaginarios, esta carta me la escribo a mí, para un yo real, para un yo imaginario.


En algún punto del camino creo que me perdí, ¿realmente me perdí a mí misma? Elegí un camino y ese camino fue para los demás, entregué mi camino, a cambio de aprender, al servicio de los demás. Y ahora estoy aquí, detenida en esta especie de encrucijada, que ni es encrucijada ni obliga a decidir, pero está. Y no sé qué camino tomar… ¿me olvido de mí? ¿Me olvido de los demás? Sé que no puedo tenerme y tenerlos a tiempo completo, es más, sé que no puedo tenerme mientras ellos ocupan 32 horas de las 24 que tengo. Y sin embargo, no puedo tomar otra senda, no puedo dejarlos, no puedo cambiar lo que soy, es más, creo que tampoco quiero, por mucho que ello signifique seguir perdida en algún punto de mi tiempo, con la vida suspendida, esperando ser vivida en otra vida, con la vida vacía de mi vida, pero tan llena de los demás.

¿Realmente me habré perdido? ¿Para siempre?

No lo sé. ¿Y si realmente sólo es que no puedo ver que mi vida no es más que eso? ¿Que aún pareciendo vacía de mí, está sin embargo, plena por entero porque es capaz de hacer espacio para tantos otros?


Las estrellas deben de andar jugando al escondite detrás de algún eclipse.


Nos vamos haciendo a nosotros mismos con lo que decidimos tomar y con lo que dejamos, no vamos haciendo con los impulsos de nuestro corazón, nos vamos haciendo desoyendo razones, nos vamos haciendo para acabar siendo cenizas.


Le decía hoy a una constelación perdida, que no se puede dar lo que no se tiene, ¿me queda vida para seguir entregándola? ¿Queda algo de mí? No sé, la verdad es que apenas ya sé nada, tan sólo sé algo, que quizás sea lo único que haya que saber… que queda mucho por aprender, ¿mucho? Me corrijo, ¡todo! Nos queda todo por aprender.

Creo que con esta última afirmación, he vuelto a entregar mi camino.

Quién sabe, quizás eso fue para lo que nací, como El Ermitaño, para caminar mirando hacia atrás, con una lámpara, y en ese largo camino, hacer de mi camino, una parada en el camino de todos los demás.


Quién sabe… ¿y tú? ¿Sabes para lo que naciste?

Que me responda tu corazón, por favor, que me grite tu alma, pero calla a tu razón cuando me contestes… el destino no acepta trampas. El destino te encontrará y te dirá a la cara en el momento preciso: “¿Lo ves? ¿Lo entiendes ahora? Este instante es para lo que naciste. Este instante merece toda una vida”.

¿Para qué instante naciste tú? ¿Para ése en el que sigues las directrices que te impusieron haciéndote creer que eran las tuyas? ¿Para ése en el que aprendes que nunca se sabe lo suficiente? ¿Para ése en el que ves tus ojos reflejados en otros ojos? ¿Para ése en el que te encontrarás sabiendo que nunca es posible encontrarse sin haberse perdido antes? ¿Para ése en el que correrás aunque no te persiga nadie? ¿Para ése en el que te quedarás encadenado a ti mismo con los pies atados a las dudas?


¿Para qué instante naciste tú?