sábado, 27 de septiembre de 2008

Carta XXV

[Por 1452]

Carta XXV


Estoy cansada de vivir teniendo que ver tanta miseria. Estoy cansada de tener que respirar para que mis ojos sigan abiertos, tan sólo para ver cómo unos tenemos un maldito techo donde resguardarnos cuando llega la tormenta y tantos, tantos que están a tan pocos metros de nosotros, pasan frío y tiene que dormir en plena calle, sea verano o invierno.

Siento vergüenza de seguir teniendo en mi mesa cada día un plato de comida, mientras otro busca en la basura lo que será su cena.

Y hoy he visto a ese hombre, que apenas puede andar, y que como único equipaje de toda una vida, lleva una pequeña bolsa donde guarda un jersey y un par de pantalones; se estaba poniendo un jersey, porque ya empieza el frío, y sin poderlo evitar, me he echado a llorar. Y lloro, porque tiene que vivir de esa manera en un mundo donde cada día se tiran cientos de prendas de ropa; un mundo donde se tiran toneladas de alimentos en buen estado… pero más que por todo eso, lloro porque sé, SÉ, que todos somos un poco responsables de que haya personas que tienen que vivir en esa miseria, que en la mayoría de las ocasiones en un camino de no retorno.

No sé cuánto está en la mano de cada uno, puede que no mucho, pero sé que no es bastante, que yo un día ayude a alguien dándole dinero para que se lo gaste en lo que él mismo prefiera, sé que no es suficiente, que le pague al violinista de la esquina por su trabajo y le dé los buenos días, sé que no es suficiente que acoja a una mujer en mi casa una mañana y le preparé un vaso de leche caliente, y le dé algo de dinero y comida. SÉ que no es suficiente.

Y cuando me cruzo con alguna de estas personas, que se mueren en nuestras calles y no tienen una portada en ningún periódico, que no tienen minutos de televisión y que consiguen atraer menos atención sobre su desesperada situación que un partido de fútbol, no puedo evitar la tristeza que me embarga, no puedo evitar llorar… no puedo evitar cada día, sentir un poco más de aversión hacia casi el noventa por ciento del género humano, que suele dirigir su mirada hacia otro lado, haciendo ver que no pasa nada y que mientras ellos tengan una casa, comida, trabajo, dinero y salud, todo va bien. Creen que nada les dañará, que nada puede rozarles esa “felicidad” y creen que el destino no puede arrebatárselo todo de un plumazo, creen que tienen la vida asegurada.

Pero mañana, ésta que escribe, tú que me lees, esos que giran su cabeza hacia otro lado para no mirar y no tener que utilizar su conciencia… todos y cada uno de nosotros, podemos ser esa hombre que sólo tiene un jersey para aguantar el duro invierno, esa mujer que duerme en una calle a la intemperie. Y si fuera yo, querría que cuando alguien se cruzara conmigo me diera los buenos días, querría que alguien me invitara a un café caliente en invierno, querría que alguien me sonriera, querría que alguien me ayudara, querría que alguien me mirara a los ojos.

Si fuera yo, querría ver que importo y que no todo el mundo se ha olvidado de mí, que todavía existo.

Si fuera yo, querría que me trataran como lo que soy: una persona a la que se le debe respeto y no un bulto echado en el suelo, que ni siente ni padece.

Y es en momentos como éste, como el de hoy, cuando me siento cansada de vivir y no me importaría en absoluto que el viaje se terminara aquí, porque me siento hastiada de este mundo, donde el valor de una persona, tan sólo se mide por sus posesiones materiales… si pierdes tu cuenta en el banco, perdiste tu sitio en el mundo.