lunes, 21 de julio de 2008

A un marinero.

[por Anjanuca]
No te conozco. No sé cómo te llamas, ni cuántos años tienes (aparentas siete u ocho), ni donde vives… no sé nada de ti. Pero te has ganado mi respeto.

Desde mi silla del bar del puerto, donde estaba disfrutando de ese olor que tanto me gusta y que tantos recuerdos me trae, ese olor a salitre mezclado con el combustible de los barcos y el de las algas atrapadas en las redes que se secan al sol, el “tototot” rítmico del motor del llaüt ha hecho que apartase la vista de mi libro. Y allí estabais los dos.

Cerré el libro y me quedé contemplándoos. Disculpad mi indiscreción, pero vuestra complicidad me atrapó. Tu abuelo que había subido al llaüt para poner el motor en marcha intentaba bajar de nuevo al muelle y tú le tendías tu pequeña mano para ayudarle. Al pisar tierra firme, no dijo nada. Tan sólo te pasó dulcemente por encima del hombro su mano áspera y cariñosa, te miró con amor y los dos sonreísteis. Te sentaste en el suelo frente a él y un gesto suyo le diste el sedal y el anzuelo. Tu abuelo mojó con saliva el hilo y comenzó a empatar el anzuelo, tú le mirabas fijamente y con atención. Y llegó tu turno. A cada vuelta del hilo mirabas interrogante a los ojos de tu abuelo y él, serio, asentía con orgullo marinero. Lo conseguiste, sólo necesitaste las manos fuertes de tu abuelo para acabar de apretar los cabos. Y después de varios anzuelos y vueltas de hilo subisteis al barco y zarpasteis.

Y allí me quedé yo contemplándoos. Y pensé ¿dónde estarán los amigos de este niño? Supongo que jugando en casa con alguna de esas maquinitas diabólicas, o viendo la televisión, o aburriéndose. Y derepente me dí cuenta de que acababa de ver zarpar un pequeño llaüt con dos hombres de mar a bordo. Y miré hacia la mar, ya erais sólo un puntito, y pensé: ¡Bravo por tu elección chaval!